Grace intentó esconder las fotos tras su espalda, retrocediendo un paso mientras su rostro perdía todo rastro de color.
—No... no es nada, Dominic —balbuceó, tratando de sonar convincente—, solo correspondencia de la empresa.
Dominic no se movió, pero su mirada se volvió más pesada y penetrante. La tensión en sus hombros delataba que no aceptaría una evasiva.
—Grace, déjame ver —ordenó con una calma que resultaba amenazante—. No me ocultes nada. Ya hemos hablado de que no habrá más secretos entre nosotros.
—Es que no quiero que veas esto... no ahora, después de lo que pasaste en el hospital —insistió ella con la voz quebrada.
—Si no me lo muestras ahora, será mucho peor —sentenció él, extendiendo la mano con firmeza.
Grace suspiró, derrotada, y con los dedos temblorosos le extendió las fotografías y la nota de Charlotte. Dominic las tomó con brusquedad. Sus ojos recorrieron las imágenes de la mujer en la cama con rapidez, casi con asco, y luego leyó la caligrafía de su abuela.
Su reacción no fue de tristeza, sino de una furia gélida que hizo que apretara los papeles hasta arrugarlos en su puño. Sus facciones se endurecieron como el granito y una risa seca, carente de humor, escapó de sus labios.
—No me importa —soltó Dominic, lanzando las fotos sobre la mesa como si fueran basura—. No quiero saber absolutamente nada de esa mujer. Si esas fotos son ciertas o falsas, me da exactamente lo mismo. No me interesa su pasado ni su vida.
—Dominic, por favor, cálmate —rogó Grace, acercándose para poner una mano sobre su brazo—. Tú conoces a tu abuela mejor que nadie. Esto puede ser una trampa, un montaje como lo hizo conmigo para desprestigiarme y que pensaras que te engañé.
Dominic se soltó de su agarre y comenzó a caminar por la sala, con los ojos encendidos de resentimiento, agarró las fotos y las rompió con sus propias manos.
—¿Y por qué no volvió entonces? —estalló él, girándose hacia ella—. Si era una trampa, ¿por qué no intentó defenderse? ¿Por qué nos dejó a mi padre y a mí en ese infierno? Si hubiera sido inocente, habría luchado. Tú luchaste por nuestros hijos con uñas y dientes, Grace; tú nunca los abandonaste a pesar de las amenazas. Ella, en cambio, se fue y no hubo ni una llamada, ni una carta, nada en veintisiete años.
Dominic se acercó a Grace, tomándola de los hombros con una intensidad que nacía del dolor más profundo de su infancia.
—Esa mujer, así resulte ser la persona más inocente del mundo, no es mi madre. Mi madre no nos habría dejado morir en vida mientras ella desaparecía. Para mí, ella murió el día que cruzó esa puerta y no volvió a mirar atrás.
Grace rodeó a Dominic con sus brazos, hundiendo el rostro en su pecho para transmitirle la calma que tanto necesitaba.
—No importa —murmuró ella—. Ahora ambos tenemos nuestra propia familia, y eso es lo único real. Lo que no comprendo es por qué tu abuela, a estas alturas y después de tanto tiempo, decide mandarte esto. ¿Con qué fin lo hace ahora?
Dominic se despegó de ella con suavidad, pero con una firmeza que no admitía réplicas.
—No, Grace. Ya te dije que ese tema está muerto y olvidado para mí. No perdamos el tiempo analizando los juegos mentales de Charlotte.
Grace asintió, aunque la duda seguía instalada en su mente. Notó el cansancio en el rostro de él y le tomó las manos.
—¿A qué fuiste al hospital? —preguntó con preocupación—. ¿Te sientes mal? ¿Pasó algo con tus exámenes?
Dominic exhaló un suspiro cargado de rabia y le contó, paso a paso, la confesión del pasante y la macabra jugada de Dustin. Grace escuchaba horrorizada, tapándose la boca con una mano mientras la indignación le recorría el cuerpo.
—Es un monstruo —susurró Grace cuando él terminó—. Tu propia sangre intentando sentenciarte de esa manera...
—Ya puse la denuncia —sentenció Dominic con voz gélida—. Dustin va a pagar, te lo aseguro.
Grace tragó saliva y decidió que era el momento de contarle su parte. Le explicó los detalles del cóctel de bienvenida para el vicepresidente del consorcio asiático y cómo André se había presentado en su oficina para "salvar" el contrato.

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