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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 139

Dominic contestó de inmediato su móvil al ver que era una llamada de Chris Duque al otro lado de la línea.

—Ya encontré al cómplice de la persona que pidió cambiar los resultados de tus exámenes —sentenció el médico con tono urgente—. Tienes que venir ya mismo al hospital, Dominic. No podemos esperar más.

Dominic colgó, sintiendo una mezcla de adrenalina y una furia fría recorriéndole el cuerpo. Se giró hacia los niños, tratando de que su expresión no delatara la gravedad de la situación.

—Debo salir un momento, pequeños —les dijo, intentando sonar tranquilo.

Derek y Doménica detuvieron sus juegos de inmediato, mirándolo con ojos cargados de preocupación.

—Pero, papá, todavía estás enfermo —dijo Doménica, acercándose a él con un gesto protector.

—Voy al hospital, precisamente por eso —explicó Dominic, agachándose para quedar a su altura—. Pero no se preocupen, solo debo recoger unos documentos importantes sobre mi tratamiento. Se quedan con Rose y se portan muy bien mientras no estoy, ¿entendido?

Los niños asintieron obedientes, aunque no del todo convencidos. Dominic les dio un beso rápido, les dirigió una última mirada de advertencia cariñosa y salió del departamento a zancadas, decidido a descubrir quién había sido capaz de jugar con su salud y su vida de una forma tan ruin.

***

Dominic cruzó los pasillos del hospital con una zancada violenta, ignorando las miradas de los pacientes y enfermeras que se apartaban a su paso. Al llegar a la sala de juntas, abrió la puerta de golpe, encontrándose con Chris Duque, varios médicos de la directiva y un pasante que temblaba visiblemente en su asiento.

—¿Quién fue? —soltó Dominic, con una voz que heló la sangre de los presentes.

Chris señaló al joven médico con un gesto severo.

—Habla —ordenó Chris.

El pasante, con la voz quebrada y sin poder sostener la mirada, confesó finalmente:

—A mí me pagó su primo Dustin.

Dominic se quedó paralizado un segundo, sintiendo cómo una furia gélida le recorría la espina dorsal. Su propio primo, alguien de su sangre, había orquestado su sentencia de muerte.

—No comprendo nada. Habla ahora mismo o te juro que no sales de aquí —exigió Dominic, dando un paso amenazante hacia la mesa.

—Cuando a usted lo trajeron con ese golpe que se dio en el barco, su primo llegó a la brevedad —continuó el pasante, hablando con rapidez por el miedo—. Con sus influencias, una enfermera le informó sobre la tomografía y la resonancia que le iban a realizar. Esa misma mañana, un hombre llamado Doménico Pierce ingresó casi en coma debido a un tumor cerebral. Su primo vio la oportunidad perfecta. En un principio pidió alterar los resultados directamente, pero la enfermera advirtió que eso nos involucraría demasiado, así que aprovecharon la similitud de los nombres para que pareciera una confusión administrativa y no un acto deliberado.

Dominic estalló. En un movimiento rápido, rodeó la mesa y agarró al pasante por la solapa de la bata, levantándolo parcialmente de la silla.

Cap. 139: ¿Qué es eso que tienes en las manos? 1

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