Dominic regresó por el pasillo sosteniendo un vaso de plástico con café cargado y humeante. Se detuvo frente a su padre, que ya parecía haber recuperado un poco la sobriedad, aunque mantenía la mirada perdida en las baldosas del hospital. Le tendió el vaso sin decir una palabra. Dimitric lo tomó con manos temblorosas, dándole un sorbo largo antes de levantar los ojos hacia su hijo.
—Mi madre era inocente, papá —soltó Dominic, con una voz helada, carente de cualquier emoción, pero cargada de una profunda decepción—. Mi abuela la drogó sistemáticamente para separarla de nuestro lado. Montó todo ese teatro y ahora ella se está muriendo por las secuelas de esos químicos.
Dimitric se quedó paralizado, con el vaso suspendido a mitad de camino. La poca lucidez que le quedaba se tambaleó.
—¿Qué? —articuló Dimitric, negando con la cabeza en un gesto mecánico—. No, eso no puede ser... Yo mismo la encontré con ese hombre en ese hotel, Dominic. Yo la vi con mis propios ojos. Y ella ni siquiera se defendió, aceptó su culpa sin decir una sola palabra.
—¡Porque estaba drogada! —le recriminó Dominic, dando un paso al frente con los dientes apretados—. Tenía el cerebro inundado de porquerías. ¿Acaso no te diste cuenta de que no era la misma mujer? ¿Tan ciego estabas?
Dimitric bajó la cabeza, sintiendo que el mundo se le venía encima. Los recuerdos del pasado comenzaron a encajar de una forma terrorífica en su mente.
—En ese entonces... yo viajaba mucho a los puertos —susurró Dimitric, con la voz apagada, arrastrando las palabras debido al peso de la culpa—. Pasaba semanas fuera. Dios, qué imbécil fui... La dejé sola, a merced de mi madre. No, no puede ser... Mi pobre Leonor. ¡Qué demonios hice!
—Es tarde para arrepentimientos, papá —sentenció Dominic, mirándolo desde arriba con una distancia fría y dolorosa—. Mi madre se muere. Si no conseguimos un corazón nuevo en las próximas horas, ella no sobrevivirá.
Dimitric pasó saliva con dificultad, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta. La culpa le carcomía las entrañas, pero de repente, una chispa de desesperada determinación se encendió en sus ojos. Miró de reojo hacia la puerta de cuidados intensivos y una promesa fija se instaló en sus pensamientos: «No voy a dejar que mueras, Leonor. No lo voy a permitir».
Dejó el vaso de café en una silla y se puso de pie, tratando de estabilizar sus pasos.
—Voy al baño —dijo Dimitric de forma evasiva, sin mirar a su hijo.
Pero no fue al baño. Caminó a paso apresurado por el pasillo principal hasta que encontró la oficina del cirujano jefe. Entró sin llamar, cerrando la puerta con un golpe seco. El médico levantó la vista de su escritorio, sorprendido por la intrusión.
—Máteme si es necesario, doctor —soltó Dimitric de golpe, avanzando hacia el escritorio con los ojos inyectados en sangre y las manos crispadas—. Sáqueme el corazón ahora mismo. Yo la destruí, yo provoqué que su vida se apagara, y yo se la voy a devolver. Tome mi corazón para Leonor.
El médico frunció el ceño, poniéndose de pie con lentitud.
—¿De qué habla? ¡Expliquese!
Mientras Dimitric hablaba con desesperación, una ráfaga de aire cargada con un denso y rancio olor a whisky llegó directo al rostro del especialista. El cirujano lo observó con detenimiento, notando el temblor en sus dedos y las venas marcadas en sus ojos.
—Señor Pierce, por favor, cálmese —pidió el médico con voz profesional, acercándose un paso—. ¿Usted bebe? ¿Consume alcohol de manera habitual?
Dimitric se tensó, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, y desvió la mirada.
—No —mintió Dimitric, forzando una firmeza que no tenía—. Solo fue un trago anoche por el impacto de la noticia. Estoy perfectamente sano. Hágame la cirugía ya, no perdamos tiempo.

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