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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 159

—¡Señora Charlotte! ¿Qué le pasa? —exclamó la empleada que le llevaba puntual su té, dejando caer la bandeja, que resonó con estrépito contra el suelo, mientras corría hacia ella.

—Mis... mis pastillas —alcanzó a jadear la anciana, con la voz ahogada y los ojos abiertos por el pánico—. El cajón... del escritorio. Rápido.

La empleada corrió hacia el gran escritorio de roble, abrió los cajones con manos torpes hasta que encontró el frasco de medicamentos y regresó de prisa al lado de la mujer. Con cuidado, le ayudó a pasar la píldora con un poco de agua que quedaba en la jarra de la mesa. Charlotte tragó con dificultad, cerrando los ojos con fuerza mientras esperaba que el químico hiciera efecto y calmara la opresión de su pecho.

Pasaron unos minutos de tensa agonía hasta que el dolor punzante comenzó a ceder, transformándose en una molestia sorda. El aire volvió poco a poco a sus pulmones.

—Ayúdame... a llegar a mi alcoba —ordenó Charlotte con voz débil pero recuperando su habitual tono imperioso, apoyándose con pesadez en el brazo de la empleada.

La joven la sostuvo con firmeza, guiando sus pasos lentos y erráticos fuera de la biblioteca y subiendo con dificultad las escaleras hasta llevarla a su lujosa habitación. La ayudó a sentarse en el borde de la enorme cama y le acomodó las almohadas. Al verla tan demacrada, la empleada la miró con evidente preocupación.

—Señora, se ve muy mal... ¿Quiere que llame a su nieto? ¿Le aviso al señor Dominic? —preguntó la joven, buscando su teléfono móvil.

—¡No! —espetó Charlotte de golpe, clavándole una mirada cargada de hostilidad que congeló a la empleada—. No llames a nadie. Ya estoy bien. Fue solo un mareo por la presión.

La anciana respiró hondo, enderezando la espalda con toda la dignidad que pudo reunir en su estado, y señaló a la joven con un dedo tembloroso.

—Y escúchame bien: que nadie se entere de esto. Si le llegas a decir una sola palabra de lo que viste hoy a Dominic o a cualquiera en esta casa, te juro que te vas a la calle en este mismo segundo y sin un solo centavo de recomendación. ¿Te quedó claro?

La empleada tragó saliva con fuerza y asintió repetidamente, intimidada por la frialdad que aún emanaba de la matriarca.

—Sí, señora. No diré nada —aseguró la joven, retrocediendo hacia la salida en silencio.

Charlotte se quedó sola en la penumbra de su alcoba.

****

Maxwell abrió la puerta del apartamento y entró arrastrando los pies, dejando las llaves sobre la mesa del recibidor. Estaba completamente agotado; el despliegue del helicóptero médico en Filadelfia y la presión en Pierce Global lo habían dejado sin energía. Sin embargo, al girarse hacia Sarah, notó de inmediato la rigidez de su cuerpo y sus ojos severamente enrojecidos.

Antes de que pudiera preguntarle qué le pasaba, Arthur apareció desde el pasillo. El niño caminaba despacio, con la cabeza baja y una expresión de profunda tristeza en su pequeño rostro.

—Hola, papá Maxwell —saludó el niño con la voz apagada. Se detuvo a unos pasos de ellos y levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas—. Papá Dominic ya se olvidó de mí. No ha venido a visitarme y él me prometió que nunca me iba a abandonar.

Arthur no aguantó más y se puso a llorar, cubriéndose la cara con sus manitas. A Maxwell se le partió el corazón en mil pedazos al ver el sufrimiento de su hijo. Se arrodilló de inmediato frente a él y lo estrechó en un abrazo protector y fuerte, acunándolo contra su pecho mientras fulminaba con la mirada el vacío, doliéndose por la situación.

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