Grace se alejó unos metros de la entrada de quirófano y marcó el número de su casa, frotándose las sienes con cansancio. Al segundo repique, la voz de Rose respondió al otro lado de la línea.
—Hola, Rose. Lamento llamar tan tarde, ¿cómo están las cosas por allá? ¿Cómo están los niños? —preguntó Grace, intentando suavizar la tensión de su voz.
Rose exhaló un suspiro pesado que encendió las alarmas de Grace de inmediato.
—No se quisieron dormir, Grace, y comieron muy poco —explicó Rose con tono de preocupación—. Andaban bien tristes toda la tarde, arrastrando los pies por la casa.
Grace frunció el ceño, sintiendo una punzada de angustia en el pecho.
—¿Por qué? ¿Pasó algo en la escuela? —indagó de inmediato.
—No, no es la escuela —respondió Rose, bajando la voz—. Los niños creen que el señor Maxwell ya no los quiere. Y como ustedes han estado ausentes todo el día por la emergencia y el señor Dominic tampoco los ha llamado para darles las buenas noches, se sienten abandonados. Piensan que hicieron algo malo.
Grace sintió un nudo amargo y asfixiante en la garganta al escuchar aquello. Se imaginó la carita de sus pequeños, confundidos en medio del caos de los adultos, pagando los platos rotos de un pasado que no les pertenecía y de una crisis que no entendían. La culpa la golpeó con fuerza.
—Mis pequeños... —susurró Grace, conteniendo las lágrimas y apretando el teléfono contra su oído—. Dios mío. Rose, por favor, ve a su habitación, dales un beso enorme de nuestra parte y diles que los amamos con toda nuestra alma. Espero pronto esto se solucione. Mañana a primera hora estaré con ellos, te lo prometo.
Grace apenas estaba colgando el teléfono con Rose cuando las luces del letrero de "Quirófano" se apagaron de golpe. Las puertas de doble hoja se abrieron y el cirujano jefe apareció en el pasillo, retirándose el cubrebocas con un gesto de evidente cansancio, pero con una expresión pacífica en el rostro.
—La cirugía fue un éxito absoluto —afirmó el médico en voz alta, dirigiéndose a Grace.
Justo en ese preciso momento, las puertas del ascensor se abrieron al fondo del pasillo y Dominic y Nicolai aparecieron regresando de la cafetería. Al escuchar las palabras del doctor, ambos hombres se congelaron por una fracción de segundo y luego se acercaron a toda prisa, acortando la distancia con zancadas largas y desesperadas.
—¿Cómo está mi madre, doctor? —preguntó Dominic, con el corazón en la garganta y los puños apretados por la ansiedad.
—¿Salió todo bien? —exigió saber Nicolai, poniéndose al lado del CEO con el rostro tenso.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO