Al día siguiente, el teléfono de la alcoba de Charlotte repicó con una estridencia que le taladró los oídos. La anciana, aún debilitada por el amago de infarto de la tarde anterior, estiró la mano con brusquedad y descolgó la bocina, con el ceño fruncido.
—Señora Pierce, tenemos un problema gravísimo —soltó la voz alterada del director del portal digital que había difundido la nota sobre Sarah—. Nos acaba de llegar una notificación de los tribunales. Nos están demandando por una suma millonaria, exigen una indemnización astronómica por daños al honor y violación a la intimidad. ¡Usted nos aseguró que no habría consecuencias legales! Que la familia Pierce nos respaldaría.
Charlotte se incorporó en la cama de golpe, sintiendo un latigazo de furia que le devolvió el color a las mejillas.
—¡No sea cobarde! —rugió la anciana, apretando la bocina con fuerza—. Esa información es real, la mujer es una cualquiera. ¿Quién demonios los está demandando? Averigüe ahora mismo quién firma esa maldita notificación.
Al otro lado de la línea se escuchó el rápido tecleo de una computadora y un suspiro lleno de pánico.
—Es... es un bufete muy prestigioso, señora Pierce. La demanda la interpuso personalmente Maxwell Foster. Está usando todo su poder legal para destruir nuestro medio si no nos retractamos y pagamos.
«¿Maxwell Foster?» El nombre resonó en la mente de Charlotte como un insulto. Ese infeliz, el esposo de Grace, se estaba atreviendo a cruzar una línea con ella por defender a esa mujer. La anciana apretó los dientes, con los ojos inyectados en sangre por la humillación de ver que sus piezas no se estaban moviendo como ella quería.
—Cállese —sentenció Charlotte con frialdad—. Me haré cargo ya. No mueva un solo dedo hasta que yo lo ordene.
Colgó el teléfono de un golpe, respirando de forma entrecortada. El odio le nublaba el juicio, pero su mente calculadora se activó de inmediato. No iba a permitir que el nombre de los Pierce se viera arrastrado en un tribunal por culpa de Sarah. Buscó en su agenda personal y, con dedos temblorosos, marcó el número directo de Arthur, el padre de Sarah.
—Arthur —soltó Charlotte en cuanto el hombre atendió, sin molestarse en saludar—. Tenemos que hablar. Maxwell Foster me está demandando por una suma millonaria en los tribunales solo por decir la verdad en los medios acerca de la zorra de tu hija. Tienes que solucionar esto ahora mismo.
Al otro lado de la línea, la voz de Arthur resonó con una soberbia fría, firme y cargada de una profunda malicia, disfrutando cada segundo del caos que habían provocado.
—No me importa la demanda, Charlotte... El daño ya está hecho —respondió Arthur, soltando una risotada seca y calculadora—. Esa estúpida de mi hija quería jugar a ser la gran empresaria independiente, pero ahora el mundo entero sabe la clase de mujer que es. Ya nadie va a pararse en sus joyerías.

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