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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 170

Dominic mantenía una mano firme sobre el volante mientras con la otra estrechaba los dedos de Grace, conduciendo con una precaución extrema que jamás había tenido. Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa; el diagnóstico médico le había encendido todas las alarmas de su instinto protector. Ahora más que nunca sabía que debía proteger a su familia, en especial a Grace en este momento tan vulnerable de su embarazo. En silencio, iba calculando el trayecto, ideando un plan estricto para redoblar la seguridad de su mujer, cambiar las rutas diarias, aumentar los escoltas y blindar por completo el apartamento.

Grace se acomodó en el asiento del copiloto, observando el perfil rígido de él. Al verlo tan callado y con esa mirada fija en el asfalto, estiró la mano para acariciarle el hombro.

—¿Todo está bien, Dominic? —le preguntó Grace con suavidad—. Estás muy silencioso desde que salimos de emergencias.

Dominic parpadeó, saliendo de sus pensamientos, y giró el rostro un microsegundo para dedicarle una mirada cargada de ternura absoluta, aunque sus facciones seguían firmes.

—Sí, mi amor, todo está perfecto —le respondió Dominic, apretándole los dedos—. Tú no te preocupes por nada de ahora en adelante, tu única tarea es descansar y estar bien. Pero te lo digo desde ya: voy a redoblar tu seguridad. A partir de hoy, no vas a dar un solo paso sin un equipo de custodia detrás de ti.

Grace exhaló un suspiro largo, asintiendo con la cabeza mientras miraba por la ventana. No había espacio para reclamos ni orgullo independiente; la realidad de su nueva condición cambiaba las reglas del juego.

—Comprendo perfectamente, Dominic, y estoy de acuerdo —aceptó Grace, con un tono serio y realista—. Con tu abuela Charlotte y André libres por la calle, somos un blanco evidente. Debemos cuidarnos muchísimo de lo que sean capaces de inventar, especialmente por los niños. No podemos permitirnos el más mínimo descuido.

—Así es —respondió Dominic, le acarició la mejilla.

****

Sarah abrió la puerta de su casa sintiendo un gran alivio. El rato amargo y tenso que había vivido con su papá en la joyería se le disipó por completo del cuerpo al escuchar las risas que venían desde el fondo del pasillo. Caminó hacia la cocina y se detuvo en el umbral, conmovida por la escena: el pequeño Arthur estaba subido en una silla para alcanzar la mesa, con su mascarilla bien puesta, ayudando felizmente a su padre a batir unos ingredientes para la cena.

Al ver entrar a su mamá, los ojos del niño se iluminaron. Se bajó de la silla con cuidado y corrió a toda prisa hacia ella. Sarah se agachó de inmediato y lo rodeó con sus brazos en un abrazo apretado, aspirando su aroma.

—¿Cómo te fue en el parque, mi amor? —le preguntó Sarah con dulzura, acomodándole la gorra azul.

—¡Súper bien, mamá! —exclamó Arthur, emocionado y arrastrando las palabras por la tela del cubrebocas—. ¡Papá Dominic me concedió la mano de Doménica!

Cap. 170: Pensé que se iba a desmayar. 1

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