Sarah frunció el ceño, molesta por la interrupción y la actitud defensiva de él.
—A mí tampoco me interesa tener tratos con él, Maxwell —le aclaró Sarah con firmeza, cortando sus suposiciones—. Pero conozco sus gestos y siento que algo muy turbio trama. Sé que no vino por amor paternal. Precisamente por eso, hay que tener muchísimo cuidado. He estado pensando que lo mejor es seguirle el juego, fingir que le creo y así averiguar qué es lo que realmente está buscando esta vez. ¿Qué opinas?
Maxwell se detuvo en seco, clavándole una mirada intensa y desconfiada. La idea de que Sarah volviera a acercarse a Arthur Colleman, aunque fuera como una estrategia, le encendió todas las alarmas del pasado.
—Tu padre es un hombre perverso y peligroso, Sarah —sentenció Maxwell, con un tono de voz duro—. Así que bajo ninguna circunstancia te dejaré que lo enfrentes sola. No voy a permitir que te arriesgues... pero espero, de verdad espero, que no estés jugando conmigo otra vez y usando esto como una excusa para volver a su lado.
El rostro de Sarah se desfiguró por la indignación. Las palabras de Maxwell le cayeron como un balde de agua fría, transformando su preocupación en una rabia profunda. Sintió que el pecho le ardía ante la falta de fe del hombre al que ella le había dado una nueva oportunidad.
—¿Aún desconfías de mí? —le espetó Sarah, con la voz temblando de coraje mientras lo señalaba con el dedo—. Después de todo lo que hemos pasado, ¿sigues pensando que soy capaz de aliarme con él a tus espaldas? ¡Vete de aquí, Maxwell! Vete ahora mismo.
Al ver el daño en los ojos de ella, Maxwell se dio cuenta instantáneamente del error que había cometido al dejar que sus viejos fantasmas hablaran por él. Dio un paso al frente, intentando tomarle las manos.
—Sarah, lo siento, no quise decir eso... Déjame disculparme, estaba alterado por el nombre de tu padre —pidió él con desesperación.
—¡No quiero escucharte! —lo cortó ella, dándose la vuelta y caminando directo hacia la entrada del apartamento—. Ya dijiste lo que realmente piensas. Vete antes de que me enfade peor y terminemos diciendo cosas de las que nos vamos a arrepentir.
Sarah abrió la puerta principal de golpe, parándose junto al umbral con una postura rígida e implacable. Maxwell la miró con culpa, intentando buscar una última mirada de tregua, pero al ver la nula flexibilidad en el rostro de su mujer, no tuvo más remedio que salir al pasillo. Sarah azotó la puerta detrás de él, echando el cerrojo con fuerza mientras se apoyaba contra la madera, respirando agitada por la frustración de la discusión.
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Al día siguiente. El timbre del apartamento resonó con insistencia. Grace aún estaba profundamente dormida a su lado, con el rostro relajado por el descanso que tanto necesitaba. Dominic se levantó con cuidado para no despertarla, y caminó a paso rápido hacia la entrada, intrigado por saber quién llamaba a esa hora.
Al abrir la puerta, se llevó una sorpresa mayúscula. Era su padre, Dimitric, quien lucía completamente sobrio, con una postura firme que no mostraba desde hacía años y una maleta pequeña a su costado.
—Papá... ¿qué haces aquí tan temprano? —preguntó Dominic, abriendo más la puerta para dejarlo pasar.
—Me voy a internar en una clínica de rehabilitación, Dominic, y vine a despedirme —declaró Dimitric con voz clara y decidida, dando un paso al frente—. Ya es hora de arreglar mi vida. Además, quiero entregarte esto.
Dimitric metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un sobre blanco, perfectamente sellado, extendiéndoselo a su hijo.
—Es una carta que le escribí a Leonor —explicó, con una sutil nota de melancolía—. Quiero que se la entregues tú mismo en sus manos cuando despierte y los médicos la autoricen a recibir visitas.
Dominic tomó el sobre, asintiendo con la cabeza, conmovido por el gran paso que su padre estaba dando. Pero Dimitric no había terminado; sacó un pequeño dispositivo de grabación y se lo puso en la mano.
—También tengo algo que te puede servir de inmediato —continuó Dimitric, endureciendo las facciones—. Ahí está la grabación de cuando fui a reclamarle a Charlotte todo lo que le hizo a Leonor. En ese audio ella confiesa explícitamente que la drogó y cómo planeó separarnos. Hunde a mi madre con esto, Dominic. Acaba con tu abuela de una vez por todas ante la ley. Esto no es venganza, es hacer pura justicia. Ella nos destruyó la vida a todos; es ahora el momento de nosotros destruirla a ella.
Dominic apretó el dispositivo entre sus dedos, sintiendo el enorme peso de la prueba que tenía en su poder. Miró a su padre con un profundo respeto.
—Gracias, papá. Esto es justo lo que necesitaba para la denuncia —le aseguró Dominic, para luego mirar la maleta—. ¿Quieres que te acompañe a la clínica? Puedo pedir que preparen el auto.
—No, hijo, no es necesario, puedo ir solo... —empezó a decir Dimitric, pero se interrumpió al escuchar unos pasos suaves en el pasillo.

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