Dominic cruzó el umbral de la imponente mansión Pierce, flanqueado por los oficiales que custodiaban el acceso principal. El permiso especial que Anthony Lennox le había conseguido tras horas de trámites legales le permitía estar allí, pero su rostro no reflejaba más que una frialdad absoluta. Caminó por los pasillos silenciosos hasta la habitación principal, donde Charlotte permanecía confinada.
Al verlo entrar, los ojos de la anciana se abrieron de par en par y una expresión de alivio y triunfo iluminó su rostro arrugado. Intentó incorporarse en la cama, estirando las manos temblorosas hacia él.
—¡Dominic! Hijo... yo sabía que no me ibas a abandonar —exclamó Charlotte, con la voz quebrada por la emoción—. Sabía que no ibas a permitir esta humillación contra tu abuela.
Dominic se detuvo a un par de metros de la cama. Mantuvo las manos metidas en los bolsillos de su abrigo y la miró desde arriba con una sonrisa cargada de sarcasmo, aunque por dentro sintió una punzada amarga en el pecho.
—¿En serio crees que vine a ayudarte, Charlotte? —soltó Dominic, arrastrando las palabras con desprecio—. Vine a asegurarme de que estás pagando por todo el daño que has hecho. Vine a verte encerrada.
La anciana retiró las manos, perdiendo la sonrisa de golpe, y endureció la mirada.
—Soy inocente, Dominic. Todo esto es una trampa de tus enemigos, una confabulación de esa gente para destruirme.
—Lo confesaste —la interrumpió él, con una voz cortante que resonó en las cuatro paredes—. Está grabado. Así que ahórrate el teatro. ¿Qué sigue ahora? ¿Vas a fingir que tienes demencia para que te tengan lástima? Ya no puedes manipularme, Charlotte. Se te acabó el juego.
—Dominic, por favor, soy la mujer que te crio...
—Durante años te vi como mi única figura materna —la cortó Dominic, dando un paso firme hacia el frente, dejando que toda la rabia contenida aflorara en sus ojos mezclada con un dolor profundo que intentaba reprimir—. Viví convencido de que mi madre me había abandonado por tu culpa, por tus malditas mentiras.
—Dominic…
—No me interrumpas. —No la dejó seguir—. Te quise mucho, abuela. Te quise como si fueras mi mamá. Por ese cariño y por ese respeto ciego no fui capaz de desobedecerte cuando debí hacerlo. Me conformé con casarme con Sarah en lugar de luchar por Grace, solo por no llevarte la contraria. Agaché la cabeza porque me criaste, porque me cuidaste, porque confiaste en mí para dirigir la empresa por encima de Dustin. Te di mi lealtad absoluta. Pero ya no más. Desde hoy, lo único que tienes de mí es mi más profundo desprecio.


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