Dominic estacionó el auto frente a la clínica privada de alta seguridad que Nikolai había dispuesto para proteger a Leonor. Tras desinfectarse por completo y colocarse las mascarillas obligatorias debido a los estrictos protocolos de bioseguridad, llevó a Derek y a Doménica por los pasillos blindados. Los mellizos caminaban despacio, tomados de las manos de su padre, mirando con una mezcla de curiosidad y cautela el impecable entorno.
Al empujar suavemente la puerta de la habitación, Dominic divisó a Leonor. La condesa estaba recostada, conectada a los monitores que vigilaban su nuevo corazón, pero con un semblante notablemente mejorado. En cuanto vio entrar a Dominic, una chispa de vida iluminó sus ojos, una chispa que se transformó en absoluto asombro al ver a los dos pequeños que lo acompañaban.
—Dominic… —susurró Leonor con la voz debilitada por la cirugía, pero cargada de una emoción infinita.
—Hola, mamá —respondió él con suavidad, acercándose a la cama—. No vine solo. Alguien quiere conocerte.
Doménica se soltó del agarre de su padre y dio un paso al frente, ladeando la cabeza mientras examinaba la lujosa habitación y las sábanas de alta calidad. Luego, miró fijamente a la elegante mujer mayor.
—¿Tú eres la condesa de verdad? —preguntó la niña en un susurro perfectamente audible. —¿Eres nuestra abuela?
Leonor, sorprendida por la espontaneidad, asintió despacio con una sonrisa temblorosa.
—Sí, mi pequeña, soy yo.
Derek dio un paso al frente, cruzándose de brazos con una seriedad que le copió exactamente a su padre, y miró a todos lados buscando algo en los rincones oscuros de la habitación.
—¿Y dónde está el conde Drácula? —soltó el niño, completamente serio—. Papá nos dijo que eras una condesa, así que tu esposo tiene que ser Drácula. ¿Está escondido en el clóset porque hay mucha luz?
Una risa limpia y ahogada escapó del pecho de Leonor, haciendo que el monitor cardíaco diera un par de pitidos alegres. Se llevó una mano al pecho para contener el movimiento que le lastimaba la herida, pero la felicidad en su rostro era innegable. Dominic también soltó una carcajada, rompiendo de golpe la tensión que traía acumulada desde la mansión Pierce.
—No, mis amores —aclaró Leonor, extendiendo sus manos débiles hacia ellos—. No hay ningún vampiro aquí. Solo soy una abuela que tenía muchísimas ganas de verlos.
Doménica se acercó con cuidado al borde de la colchón y estiró sus deditos para tocar la mano de la condesa. Al sentir el contacto de su nieta, a Leonor se le escaparon las primeras lágrimas de pura felicidad. Derek se sumó al borde de la cama, perdiendo la desconfianza, y comenzó a contarle con entusiasmo lo bien que jugaba al fútbol. Fueron unos minutos mágicos, llenos de caricias suaves sobre el cabello de los niños y promesas de comer pasteles juntos en cuanto saliera de ahí.
Consciente de que el tiempo era limitado y de que debía hablar a solas con ella, Dominic miró a los mellizos con ternura.
—Campeones, vayan afuera un momento estarán bien cuidados. Papá necesita hablar cinco minutos con la abuela, ¿de acuerdo?

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