Dominic caminó con sigilo por el pasillo de la casa de seguridad y empujó despacio la puerta de la habitación de huéspedes. Al entrar, encontró a Sarah terminando de abotonar la camisa limpia de Arthur, quien estaba sentado en el borde de la cama moviendo los pies con energía, recién cambiado para empezar la mañana.
Al ver aparecer a Dominic en el umbral, el rostro del pequeño se iluminó por completo.
—¡Papá Dom! —exclamó Arthur con entusiasmo, usando el tierno apodo con el que solía llamarlo, y estiró los brazos hacia él.
Dominic no pudo evitar que una sonrisa sincera borrara por un momento la rigidez de su rostro. Se acercó a la cama, cargó al niño con cuidado de no lastimarlo y le revolvió el cabello.
—¿Cómo está el campeón? Veo que ya estás listo para el desayuno.
—Sí, mamá me puso mi ropa favorita —contó el niño, y de inmediato se inclinó hacia el oído de Dominic para decirle un secreto a viva voz—: Oye, papá Dom... ya decidimos con Doménica que nos vamos a casar cuando tengamos siete años. Ayer ella me dio la mitad de su galleta de chocolate, eso significa que me ama mucho.
A Dominic se le congeló la sonrisa por un segundo y abrió los ojos de par en par. Se llevó una mano al pecho en un gesto de falso dramatismo, sintiendo ese típico pánico de padre sobreprotector.
—A ver, jovencito, ya habíamos hablado de esto cuando me pediste su mano —rezongó Dominic, entornando los ojos de manera divertida—. Quedamos en que hablaríamos de bodas cuando fueran grandes, muy grandes. Todavía te falta mucho para eso.
Sarah soltó una pequeña risa ahogada, al ver la reacción celosa de Dominic, y negó con la cabeza mientras terminaba de ordenar las cosas en la habitación. Dominic dejó al niño de vuelta en el colchón con un suspiro juguetón.
—Bueno, ve a jugar con Derek un momento, necesito hablar con tu mamá.
—¡Sí, señor! —respondió Arthur, bajándose de un salto de la cama y corriendo hacia el pasillo con la energía renovada de los niños.
En cuanto la puerta se cerró detrás del pequeño, la chispa de alegría se desvaneció y el silencio denso volvió a ocupar la habitación. Sarah suspiró, dejando caer los hombros con visible cansancio, y miró a Dominic a los ojos.
—¿Qué ocurre, Dominic? —preguntó ella, con la voz cargada de una profunda incertidumbre—. ¿Qué te dijeron los abogados?
Dominic avanzó un paso, buscando transmitirle serenidad con su postura antes de soltar la bomba.
—Tranquila, Sarah. La estrategia de las empresas funcionó a la perfección. Anthony logró legalizar todos los documentos a primera hora y el fiscal no pudo congelar absolutamente nada. Los puertos siguen operando con normalidad.
Sarah soltó un largo suspiro, dejando que la tensión acumulada en su cuello disminuyera un poco, aunque no se relajó por completo.
—Menos mal... Al menos el patrimonio está a salvo —murmuró ella, antes de notar la mirada fija y analítica de Dominic—. Pero hay algo más, ¿cierto? Te conozco, Dominic. ¿Qué pasa?
—Quiero preguntarte algo que me lleva rondando la cabeza desde que regresé del hospital —soltó él, cruzándose de brazos—. Tu padre... ¿alguna vez ha tenido negocios ilegales? ¿Sabes si se ha movido en terrenos oscuros?
Sarah frunció el ceño de inmediato, mirándolo con total extrañeza y una ligera indignación.

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