El aroma a pan tostado e inundaba la cocina. Grace estaba frente a la estufa, moviendo unos huevos revueltos en la sartén, mientras Derek y Doménica permanecían sentados en las banquetas de la barra, inusualmente quietos para ser por la mañana.
De pronto, Derek levantó la mirada fija en su madre, con los ojos cargados de una seriedad que no correspondía a sus pocos años, y dejó el tenedor sobre la mesa.
—Mamá —soltó Derek de golpe—. ¿Es verdad que papá Maxwell está vivo?
Grace se detuvo en seco con la espátula en la mano. El silencio cayó de golpe en la cocina. Para los mellizos él seguía siendo una figura paterna fundamental y la duda les quemaba el pecho.
Doménica se inclinó hacia adelante, apoyando los coditos en la barra, con la mirada cristalizada por la sospecha y el temor a ser engañada de nuevo.
—Anoche Arthur dijo algo de unos policías con él en el hospital —intervino la niña, con la voz temblorosa—. Queremos saber si nos están mintiendo. ¿De verdad está vivo o no va a volver nunca?
Grace apagó la estufa de inmediato, dejando de lado lo que estaba haciendo. Rodeó la barra con paso lento y se agachó para quedar a la altura de sus hijos, tomándoles las manos con ternura para transmitirles la mayor seguridad posible.
—Está vivo, mis amores. Les doy mi palabra de madre de que está vivo —aseguró Grace con tono firme, mirándolos con total honestidad—. Recuerden el atentado que sufrimos, ahora mismo unos oficiales lo están cuidando en la clínica mientras se recupera bien de su operación. Por eso no ha podido venir a verlos. Nadie les está mintiendo.
—¿Y por qué no podemos ir a verlo si ya sabemos que no se murió? —insistió Derek, sintiendo un nudo en la garganta—. Nosotros queremos estar con él también.
—Porque ahora necesita descansar muchísimo para ponerse fuerte, y las visitas están muy controladas por los doctores —explicó Grace, acariciándole la mejilla a su hijo—. Pero les prometo que en cuanto termine de recuperarse y los médicos lo dejen salir, lo van a ver. Maxwell va a volver con nosotros, no lo duden ni un solo segundo.
En ese momento, Arthur apareció corriendo en la cocina y arrastró una de las sillas para subirse, husmeando el ambiente con los ojos muy abiertos.
—¡Huele delicioso! ¿Qué prepara, señora Grace? —preguntó el pequeño, asomándose hacia la estufa.
—Unos pancakes que a mi mamá le salen deliciosos —respondió Doménica con orgullo, recuperando la sonrisa tras las palabras de Grace.
Luego apareció Sarah en el umbral de la cocina, acomodándose el cabello, y saludó con un gesto amable antes de acercarse a la barra.
—Buenos días... Grace, ¿puedo ayudarte en algo? —preguntó Sarah, buscando ser útil.

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