El silencio de la mansión se rompió cuando la empleada empujó la puerta de la habitación de Charlotte, sosteniendo entre las manos una bandeja con el desayuno recién preparado. Al entrar, se detuvo en seco, confundida por la escena que se desarrollaba junto a la ventana.
Charlotte estaba de espaldas, sentada en la mecedora de madera, moviéndose con un ritmo lento y acompasado. Entre sus brazos, estrechaba contra su pecho un bulto amorfo hecho con sábanas y una de sus batas de seda, amarrado con torpeza para simular la forma de un recién nacido. La anciana lo mecía con una delicadeza espeluznante, tarareando una melodía inaudible mientras le acariciaba los pliegues de la tela.
Al escuchar los pasos de la empleada, Charlotte se giró despacio. Tenía los ojos desorbitados, fijos en la nada, y una sonrisa rígida dibujada en el rostro.
—No hagas ruido —le siseó Charlotte en un susurro cortante, llevándose un dedo a los labios—. ¿No ves que vas a despertar a mi Dominic? Se acaba de dormir.
La sirvienta tragó saliva, sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda al ver el bulto de sábanas. Dio un paso tembloroso hacia adelante, dejando la bandeja sobre la mesa de noche.
—Señora... ¿se encuentra bien? —preguntó con la voz temblorosa, asustada por la mirada perdida de la mujer.
La expresión de Charlotte cambió en un parpadeo. La ternura se evaporó, sus facciones se endurecieron y, con un movimiento violento, soltó el muñeco de tela, dejándolo caer al suelo sin ninguna consideración. Se puso de pie de un salto, respirando agitada.
—¡Cállate! —gritó Charlotte, avanzando hacia la empleada mientras se llevaba las manos a la cabeza—. ¿Dónde está Dominic? ¿Ya regresó de la escuela? Tiene que hacer sus tareas. ¿En dónde está mi niño?
La empleada retrocedió, pegando la espalda a la pared, aterrorizada por los espasmos y la alteración de la anciana, quien comenzó a mirar a todos lados, buscando en los rincones vacíos de la habitación. De pronto, Charlotte empezó a arañar el aire con las uñas, descontrolada, mientras las lágrimas de pura demencia comenzaban a correrle por las mejillas.
—¡No se lo puedes llevar, Leonor! —chilló Charlotte con una voz estridente que resonó en todo el pasillo—. ¡Dominic es mío! ¡Es mi hijo! ¡No te lo lleves!
La empleada no esperó un segundo más. Esquivó a la anciana a toda prisa, abrió la puerta del dormitorio y salió corriendo por el pasillo de la mansión con el corazón en la boca, gritando desesperada mientras bajaba las escaleras hacia la entrada principal.
—¡Seguridad! ¡Guardias! —exclamó la mujer, con la voz rota por el pánico, buscando auxilio—. ¡La señora Charlotte perdió la cabeza! ¡Se volvió loca!


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