Nikolai mantuvo la mirada fija en ella, sin desviar los ojos. Dio medio paso hacia el frente, acortando esa distancia formal que siempre mantenía.
Por un segundo, sintió el deseo de confesarle que no tenía que buscar a nadie, que él la amaba en silencio desde el primer día.
Sin embargo, la disciplina de Nikolai se impuso en el último instante.
—En algún lugar debe estar lo que usted busca, mi señora —respondió Nikolai, con esa voz grave y seca de siempre, aunque un leve matiz ronco delató el esfuerzo que le costó hablar—. El mundo es grande. Solo asegúrese de no entregarle su paz a quien ya demostró que no sabe cuidarla.
Leonor lo observó, notando cómo el hombre volvía a ocultarse detrás de su habitual frialdad, entrecerró los ojos y no insistió con el tema.
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Arthur estaba subido en una banca de madera frente al espejo del pasillo, inclinando la cabeza hacia adelante para examinarse de cerca. Pasaba sus manos pequeñas sobre su cabeza, donde el cabello castaño apenas crecía en una capa fina y corta, todavía muy lejos de verse como el de cualquier otro niño de su edad.
Sarah entró al pasillo y se detuvo al verlo en esa posición.
—¿Qué haces, cariño? —le preguntó, acercándose despacio.
Arthur bajó las manos y suspiró, mirando su reflejo con desánimo.
—Mamá, estoy feo —soltó el niño sin mirarla—. Ese niño sabelotodo que me quiere quitar a mi novia es más grande, más fuerte y tiene más cabello. También es muy inteligente.
Sarah sintió un vuelco en el corazón. Se acercó del todo, lo tomó por la cintura para bajarlo de la banca y se agachó frente a él, quedando a su altura. Le acomodó el cuello de la camiseta y lo miró fijamente.
—Tú eres el niño más hermoso del mundo, Arthur —le dijo con voz suave pero firme—. Estás saliendo de una enfermedad muy grave. Mira tus mejillas, ya recuperaron su color. Y tu cabello va creciendo muy bien. Ya recuperaste peso, pero sobre todo, eres el más valiente de todos. Venciste a la muerte.
Arthur la escuchó en silencio, con los ojos fijos en ella.
—No debes compararte con nadie, mi amor —continuó Sarah, acariciándole los brazos—. Ese es un gran error que cometemos las personas, compararnos con los demás. Cada quien tiene sus defectos y sus virtudes, pero lo que nos hace diferentes es ser únicos, sin imitar a nadie, y tener valores. Tú eres un niño muy bueno, y Doménica te quiere a ti.
Arthur parpadeó, procesando las palabras de su madre, y un brillo de alivio apareció en sus ojos.
—¿De verdad soy el más valiente? —preguntó, queriendo asegurarse.



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