Grace notó de inmediato la rigidez en el cuerpo de Dominic. Le tomó del brazo con suavidad, acariciándolo para calmar la tensión antes de hablarle con un tono dulce y razonable.
—Cariño, Maxwell y Sarah quieren hacer su vida en San Francisco, allá está la empresa —le dijo Grace, mirándolo a los ojos—. Pero podremos ir los fines de semana a visitarlos y ellos podrán venir aquí. También nos reuniremos en las vacaciones. No nos perderemos de nada.
Maxwell asintió, agradeciendo la intervención de Grace, aunque la tristeza de la separación también le pesaba en el pecho al mirar de reojo hacia la sala de juegos.
—Para mí tampoco es fácil alejarme de Derek y Doménica —confesó Maxwell, apretando la mano de Sarah con fuerza—, pero debemos tomar nuestro propio rumbo ahora.
Dominic soltó un suspiro lento, dejando que la rigidez saliera de sus hombros. Entendía la posición de Maxwell perfectamente; él habría hecho exactamente lo mismo para consolidar a su familia.
—Lo comprendo —dijo Dominic, asintiendo con resignación—. Pero hay que explicarles esto a los niños.
Sarah miró hacia el pasillo, escuchando las risas felices de los tres pequeños que jugaban ajenos a la futura distancia. No quería arruinar la paz de esa noche ni los preparativos que Dominic y Grace tenían por delante.
—Lo haremos después de su boda —propuso Sarah con suavidad, buscando la aprobación de todos con la mirada—. Ahora es momento de celebrar por nosotros y por lo que viene para ustedes.
—¡Salud! —exclamó Grace.
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La condesa Leonor permanecía pensativa en el sofá de su sala, con la mirada fija en la pantalla de su tableta. Sus dedos se movían con rapidez sobre el teclado digital, concentrada en la conversación.
Nikolai entró a la habitación con paso silencioso, llevando un vaso de agua y un pequeño pastillero en una bandeja de plata. Al acercarse para detenerse a su lado, alcanzó a ver la pantalla encendida: un chat abierto con la foto de perfil de un hombre.
Fue en ese instante que Leonor bloqueó la pantalla y dejó el dispositivo a un lado sobre la mesa de centro.
—Señora, es hora de sus medicinas —dijo Nikolai, rompiendo el silencio.
La condesa tomó las píldoras y bebió un sorbo de agua bajo la atenta mirada de su escolta. Nikolai esperó a que ella dejara el vaso en la bandeja antes de hablar, con un tono de indiscutible preocupación.
—Señora, no me ha pedido investigar a la persona con quien chatea —comentó Nikolai, manteniendo la vista al frente—. Además, esas citas en línea...
Leonor soltó una pequeña risa y lo miró con diversión.
—Tranquilo, Nikolai. Estoy chateando con Dimitric —mintió—. Consiguió un teléfono móvil y se abrió un perfil en esa aplicación, así es como nos comunicamos ahora. ¿No te parece romántico?


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