Nikolai aprovechó su día libre, un derecho que casi nunca ejercía. Cosa que se le hizo sumamente extraño a Leonor, que decidiera tomarse la tarde libre después de tantos años de servicio ininterrumpido, pero no le hizo preguntas.
Nikolai no iba a descansar. Manejó con el rostro rígido y las manos apretadas al volante hasta el centro de rehabilitación donde estaba internado Dimitric Pierce. Tras identificarse en la recepción y esperar unos minutos, fue conducido a una sala de visitas privada.
Dimitric entró al lugar con paso lento, vistiendo ropa cómoda y con un aspecto demacrado pero limpio. Al ver a Nikolai de pie, con su postura impecable y la mandíbula tensa, alzó una ceja con extrañeza.
—Vaya, el fiel sirviente de Leonor —murmuró Dimitric, sentándose al otro lado de la mesa—. ¿A qué debo el honor?
Nikolai no se sentó. Se apoyó con los puños sobre la mesa, inclinándose hacia él con una mirada cargada de hostilidad.
—Vengo a exigirle que deje en paz a mi señora Leonor —dijo Nikolai con voz baja, cortante y letal—. No la ilusione. Ella ya sufrió demasiado por su culpa en el pasado como para que usted venga ahora a jugar con sus sentimientos desde este lugar.
Dimitric lo observó unos segundos en silencio. Luego, dejó escapar una risa seca y ladeó la cabeza.
—¿Te drogas? —le preguntó Dimitric con total desparpajo—. Porque si es así, estás de suerte. Aquí mismo pueden tratarte.
Nikolai sintió que la sangre le hervía. Se enderezó de golpe, con los ojos llenos de furia, perdiendo por completo su habitual calma fría.
—Yo no consumo nada —siseó Nikolai, señalándolo con el dedo—. No juegue conmigo, Pierce. Sé muy bien lo que está haciendo.
Dimitric borró la sonrisa burlona de su rostro y suspiró con fastidio, apoyando la espalda en la silla.
—Yo no tengo nada con Leonor —declaró Dimitric con firmeza—. Ella me dejó muy claro hace tiempo que no me ama. Y si fueras un poco más inteligente, sabrías muy bien de quién está enamorada en realidad.
Nikolai se quedó helado, parpadeando con desconcierto. La seguridad en las palabras de Dimitric lo descolocó por completo.
—¿Qué? —alcanzó a decir Nikolai, frunciendo el ceño—. Ella misma me dijo que chatea con usted todas las tardes. Que se abrió un perfil en una aplicación.
Dimitric soltó una carcajada ruidosa, negando con la cabeza ante la ingenuidad del hombre que tenía enfrente.
—Yo tengo el uso de tecnología completamente prohibido en esta fase de mi tratamiento —le reveló Dimitric, mirándolo con una mezcla de lástima y diversión—. No tengo ningún móvil ni ningún perfil de chat. Ella te mintió.
Nikolai sintió un vacío en el estómago. Las palabras de Dimitric daban vueltas en su cabeza. Si Leonor no hablaba con él... ¿por qué inventar esa mentira? ¿Por qué usarlo de pretexto?


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