Esa misma tarde, después de la cita del obstetra, llegó el turno de los mellizos. Derek y Doménica ya tenían seis años, por lo que les tocaba su control anual con el pediatra. Dominic y Grace los guiaron por los pasillos de la misma clínica hasta el consultorio del médico de los niños, quien los recibió con un saludo animado.
—Muy bien, campeones —dijo el pediatra, señalando la báscula—. Vamos a ver cuánto han crecido desde la última vez. ¿Quién pasa primero?
—¡Yo! —exclamó Derek, dando un paso al frente con decisión.
El niño se quitó los zapatos con rapidez y se subió a la plataforma metálica. Dominic observaba cada movimiento con los brazos cruzados, atento a los números que arrojaba la báscula y a la barra que el médico deslizaba sobre la cabeza de su hijo para medirlo.
—A ver... veintiún kilos y un metro con diecisiete centímetros —anunció el pediatra, apuntando los datos en su expediente—. Estás muy fuerte, Derek.
—¡Es porque como espinacas para ser como papá! —presumió el niño, inflando el pecho con orgullo mientras se bajaba de la báscula.
Dominic sonrió, dándole un suave apretón en el hombro.
—Buen trabajo, campeón —le dijo, antes de mirar al pediatra con evidente preocupación—. Doctor, ¿ese peso está bien para su edad? ¿Está en el percentil correcto? Sé que es activo, pero quiero asegurarme de que no esté por debajo de lo que debería.
—Está perfecto, Dominic —lo tranquilizó Grace, tomándolo del brazo con una sonrisa—. No te preocupes tanto, el doctor ya nos dijo la última vez que está muy sano.
—Solo quiero estar seguro —replicó él con seriedad, aunque sus ojos brillaban de orgullo—. Ahora es tu turno, princesa.
Doménica caminó despacio y se subió a la báscula con timidez.
—Diecinueve kilos y un metro con doce centímetros —dijo el médico tras medirla.
Al escuchar los números, la niña miró a su hermano de reojo y luego a su papá, haciendo un pequeño puchero.
—Papá, ¿por qué Derek siempre es más grande que yo? —preguntó Doménica, cruzando los brazos—. Nacimos el mismo día.
—Porque soy tu hermano mayor por cinco minutos —se burló Derek, dándole un empujoncito amistoso.
—¡No es justo! —protestó ella, buscando el refugio de su madre.

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