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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 235

Danna cerró la puerta de golpe, recostando la espalda contra la madera. El departamento era un loft precioso, de líneas limpias, luz cálida y una discreción absoluta. Se recargó en la puerta y se llevó la mano al pecho, sintiendo el ritmo desbocado con el que le martillaba el corazón.

—No... —murmuró para sí misma, tomando aire con dificultad—. Todos son así. Al principio son galantes, atentos... y luego sacan las garras y muestran sus verdaderas intenciones. No me puedo ilusionar con el señor Pierce. Además... ¡por Dios, podría ser mi papá!

Caminó a prisa hacia el sofá, dejó caer el bolso sobre los cojines y rebuscó su teléfono. Con los dedos ligeramente temblorosos, inició una videollamada con Grace.

Al otro lado de la pantalla, Grace estaba en la habitación del bebé, terminando de darle el biberón al pequeño Darren. Al ver la llamada, acomodó el móvil sobre la mesa de noche.

—Discúlpame, amiga, por molestarte... —empezó Danna, pasándose una mano por la frente.

Grace frunció el ceño de inmediato al notar la agitación en su rostro.

—¿Te pasa algo, Danna?

—Sí... me pasa algo con tu suegro.

Grace se congeló. Con sumo cuidado, acomodó a Darren en la cuna, lo arropó y volvió a tomar el teléfono, mirando a Danna por la pantalla con los ojos abiertos de par en par.

—¿Con mi suegro? —exclamó en un susurro apretado—. ¿Qué te hizo? ¿Se sobrepasó contigo?

Danna negó con la cabeza enseguida, sintiendo que las mejillas le volvían a arder.

—No, no... Para nada. Es solo que... a ratos es un caballero impecable, de esos que ya no se ven. Y al segundo siguiente es todo un seductor, atrevido y directo.

Grace se llevó una mano a la boca y soltó una carcajada limpia.

—Pues... es el digno padre de su hijo, ¿qué te puedo decir?

—Me invitó a salir mañana —soltó Danna de golpe.

Grace alzó una ceja, esbozando una sonrisa divertida.

—¿Me estás pidiendo permiso para salir con mi suegro?

—¡No! —protestó Danna, dejando caer los hombros—. Pero dame un consejo... Lo mejor es que me aleje, ¿verdad? Dímelo.

La expresión de Grace se volvió más suave, más comprensiva. Suspiró hondo, acomodándose en la orilla de la cama.

—Mira, Danna... yo no te puedo decir si Dimitric es o no un buen partido para ti. Él también fue una víctima de la maldad de Charlotte, ha cometido muchísimos errores en su vida, está luchando por salir del alcoholismo y apenas está intentando retomar el control de su camino. Pero después de todo lo que hemos pasado... siento que las personas merecen una oportunidad. Y me refiero a ti también amiga.

Danna la escuchaba en silencio, apretando el teléfono entre sus manos.

—Quizás Dimitric no sea exactamente el perfil que yo imaginaba para ti —continuó Grace con voz dulce pero firme—, pero de algo estoy completamente segura: daño físico jamás te va a hacer. No es un hombre narcisista ni cruel como ese miserable que te dejó tantos traumas.

Un par de lágrimas traicioneras se le escaparon a Danna, rodando por sus mejillas.

—Tengo miedo, Grace... —confesó con la voz rota—. Ese señor Pierce me gusta. Tiene algo... algo que me atrae muchísimo. Pero me da pánico. Ya me ha pasado antes con otros hombres y luego... siempre terminan decepcionándome.

—La decisión final la tienes tú, amiga —le recordó Grace con ternura—. Pero dime una cosa... ¿mi suegro te dijo directamente que tenía intenciones de algo más contigo?

—No... —admitió Danna, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Pero quiso que lo invitara a pasar aquí arriba, y tú bien sabes lo que eso podía significar. ¡Además, podría ser mi papá!

Grace volvió a reírse por lo bajo, negando con la cabeza.

—Pero no es tu papá, Danna. Y puede que justamente esa madurez que tiene sea lo que has estado esperando toda tu vida. No pierdes absolutamente nada con salir con él, tomarte un café y ser amigos.

Danna cerró los ojos y dejó salir un largo y profundo suspiro, sintiendo cómo el peso en su pecho cedía un poco.

—Sí... tienes razón. Amigos. Simplemente amigos y nada más.

Dominic aguardó en el pasillo, en completo silencio, masticando cada palabra que acababa de escuchar. Cruzó los brazos sobre el pecho y apretó la mandíbula.

«Debo hablar seriamente con mi papá», se dijo para sus adentros, con la mirada fija en la alfombra.

Esperó a que el sonido del corte de la llamada resonara en la habitación antes de empujar la puerta con suavidad y entrar.

—Ya logré que nuestros dos diablillos se metieran a bañar —anunció con voz tranquila, borrando cualquier rastro de la conversación ajena que acababa de escuchar—. Y debo contarte algo.

Grace se llevó un dedo a los labios y señaló la cuna, donde el pequeño Darren apenas acomodaba la cabeza sobre la almohada.

—Salgamos —susurró ella, tomándolo del brazo para empujarlo hacia el pasillo—. Porque si despiertas al bebé, tú te quedas a dormirlo.

Dominic negó con la cabeza, esbozando una sonrisa de medio lado, y caminó junto a ella hasta el recibidor. Una vez con la puerta de la habitación cerrada, Grace lo miró con curiosidad.

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