El aire de Nueva York las recibió con esa energía vibrante que solía acelerar las pulsaciones, pero esta vez, para Danna, el ritmo de la ciudad marcaba un compás distinto, casi sofocante.
En el aeropuerto se dividieron. Sarah, sonriente y sosteniendo la mano del pequeño Arthur que no paraba de brincar de entusiasmo, se subió a un vehículo rumbo a la residencia de Grace y Dominic. El niño no había dejado de repetir en todo el vuelo lo mucho que quería jugar con Doménica y Derek, así que no había mejor lugar para quedarse que la casa familiar.
Danna, por su parte, tomó un taxi directo a su refugio habitual: el mismo loft donde quince días atrás su vida había dado un vuelco definitivo.
Al cruzar el umbral y cerrar la puerta tras de sí, el silencio del departamento la envolvió como una ola caliente. Danna dejó caer la maleta a un lado y soltó un largo suspiro, apoyando la espalda contra la madera de la puerta.
Todo estaba intacto, pero nada se sentía igual. Bastó con mirar hacia el centro de la estancia para que los recuerdos la embistieran sin piedad. La penumbra cálida, el olor a su colonia amaderada que aún parecía flotar de manera fantasmal en el ambiente... y, sobre todo, el eco ardiente de aquella noche.
Cerró los ojos por un segundo y sintió de inmediato cómo la piel se le encendía. Volvió a experimentar la sensación de las manos de Dimitric recorriendo cada milímetro de su cuerpo desnudo, la presión dominante de sus caderas, el ritmo hambriento de sus embestidas y la voz ronca con la que le había susurrado al oído hasta hacerla colapsar de placer. Un cosquilleo intenso, casi eléctrico, le recorrió el vientre, haciéndola juntar las piernas instintivamente.
—Sigue siendo un lugar muy bonito, ¿no crees?
El sonido de esa voz profunda, baja y rasposa rompió el silencio de la nada.
Danna dio un brinco violento, sobresaltándose por completo. Se llevó la mano al pecho, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas a mil por hora mientras abría los ojos de golpe.
Ahí estaba él.
Dimitric Pierce emergía con paso lento desde una columna, luciendo una camisa blanca y un pantalón de vestir oscuro. Sostenía un vaso de agua en la mano y la miraba con una tranquilidad exasperante, luciendo esa sonrisa tenue, seductora y peligrosa que la desarmaba por completo.
—Dimitric... —alcanzó a articular ella con la respiración entrecortada, con la mano aún pegada al pecho—. ¿Cómo... qué haces aquí? ¿Cómo entraste?
Dimitric dio un paso lento hacia ella, balanceando con elegancia el vaso de agua entre los dedos antes de dejarlo sobre la barra.
—Tranquila, no pienses que soy un acosador —dijo con esa voz grave y pausada que le ponía la piel de gallina—. ¿Y cómo entré? Bueno... aún tengo contactos en este edificio. Los favores del pasado tienen sus ventajas.
Danna tragó saliva, apretando el bolso contra su costado para disimular cómo le temblaban los dedos. El hombre llenaba el espacio de una manera aplastante.

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