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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 241

Él profundizó el beso con una posesividad que le hizo temblar las rodillas a Danna. Su lengua dominó la de ella, saboreándola sin piedad mientras sus manos firmes bajaban por su espalda hasta moldear sus caderas.

—Dios, Danna... no sabes cuánto esperé esto —le murmuró él contra los labios, con la voz vuelta un gruñido ronco y ardiente—. Me estabas volviendo loco.

Sin romper el contacto de sus bocas, la levantó en el aire como si no pesara nada. Danna enrolló instintivamente las piernas alrededor de su cintura. Dimitric la caminó unos pasos a ciegas hasta depositarla de golpe sobre el mesón alto del desayunador de granito.

El frío de la piedra contra sus muslos contrastó con el fuego que la quemaba por dentro. Dimitric se encajó entre sus piernas abiertas, mirándola con los ojos oscurecidos por la lujuria desenfrenada.

—Vas a ser mía otra vez, dulce ángel. Aquí mismo —le susurró en el oído, mordiéndole el lóbulo con suavidad antes de bajar a besarle la línea del cuello.

Danna echó la cabeza hacia atrás, soltando un jadeo agudo al sentir las manos calientes de él deslizándose con prisa por debajo de su falda. Los dedos de Dimitric acariciaron la piel desnuda de sus muslos hasta encontrar el encaje de sus bragas. Con un movimiento certero y dominante, se las apartó hacia un lado, encontrando su centro húmedo y caliente. Danna gimió alto, arqueando la espalda cuando los dedos de él la acariciaron sin rodeos.

—Dimitric... por favor —suplicó ella, con la respiración completamente desbocada.

—Mírame mientras te tomo —ordenó él con voz baja y dominante.

Con manos torpes por la prisa, Danna llevó sus dedos al cinturón de él, desabrochando la hebilla y bajando el cierre del pantalón para liberarlo. La firmeza ardiente de Dimitric rozó su entrada, y en un solo impulso profundo y decidido, él la poseyó por completo.

Un gemido ahogado brotó de la garganta de Danna, rebotando contra las paredes del loft. El impacto la hizo aferrarse con fuerza a los hombros anchos de él, sintiendo cómo el hueco de su vientre se llenaba de forma absoluta.

Dimitric marcó un ritmo frenético desde el primer segundo. Las embestidas eran profundas, firmes, casi violentas en su necesidad de marcar territorio. El sonido de sus cuerpos chocando, combinado con la respiración agitada de él y los jadeos continuos de ella, llenó la estancia.

—Eres perfecta... tan estrecha y caliente para mí —le dijo él con la voz entrecortada, apretándole las caderas para clavarse más adentro a cada embestida.

—Ah... ¡sí! —gimió Danna, cerrando los ojos mientras una ola irreprimible de placer comenzaba a gestarse en su vientre, elevándola a una velocidad abismal.

Él no le dio tregua. Cambió el ángulo, inclinándose sobre ella para besarla apasionadamente mientras aumentaba la velocidad y la potencia de sus movimientos. La fricción constante e intensa llevó a Danna al límite en cuestión de minutos. Los espasmos del orgasmo la alcanzaron de golpetazo, apretando las paredes de su cuerpo alrededor de él mientras soltaba un grito sordo contra la piel del cuello de Dimitric.

Al sentir los espasmos de Danna, Dimitric perdió el último rastro de autocontrol. Con un gruñido profundo que le retumbó en el pecho, dio tres embestidas finales, brutales y profundas, antes de liberarse por completo dentro de ella, dejándose llevar por la corriente de un placer devastador.

Ambos quedaron abrazados sobre el mesón, con los pechos subiendo y bajando al ritmo de sus respiraciones agitadas, mientras el eco de la pasión aún vibraba en el aire.

****

En el ostentoso vestidor de la casa de Leonor, el diseñador privado ajustaba las fundas de alta costura sobre los percheros con suma delicadeza. Grace y Sarah ya estaban allí, pero la falta de una de las invitadas era más que evidente.

La condesa miró su reloj de pulsera, arqueando una ceja perfectamente perfilada.

—¿Y qué pasó con Danna? —preguntó Leonor, cruzándose de brazos—. ¿Por qué tardará tanto esa niña?

Grace apretó los labios, disimulando una sonrisa cómplice antes de responder.

—Quizás tuvo algún imprevisto...

Leonor dejó escapar una risita astuta y ladina.

—Creo que ese imprevisto yo lo conozco muy bien.

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