Un mes después
Danna no perdió tiempo. Tenía una vacante abierta en su empresa y llevó a Grace directamente a Foster Logistics. El edificio estaba frente a la bahía de San Francisco. Lujoso y funcional.
—Maxwell Foster no es fácil —le advirtió Danna en el ascensor—. No tiene paciencia. Pero si te escucha, te quedas. Y sí, odia a Dominic Pierce.
El ascensor se abrió y el ruido los golpeó de inmediato. La planta ejecutiva estaba en tensión. Gritos, teléfonos sonando, carpetas abiertas sobre la mesa.
En el centro estaba Maxwell Foster.
No se parecía a Dominic. No era frío ni pulcro. Vestía camisa blanca, estaba sin corbata, con el cabello algo revuelto. La voz firme.
—Esto no sirve —dijo, arrojando una carpeta sobre la mesa—. Llevamos semanas perdiendo rutas y nadie me trae una solución real. Si mañana no hay plan, busquen otro trabajo.
Los ejecutivos guardaron silencio.
Grace dio un paso al frente.
—Yo puedo resolverlo.
Maxwell giró la cabeza despacio.
—¿Quién eres tú?
—Grace Scott.
La observó de arriba abajo.
—No tengo tiempo para improvisaciones.
—Trabajé tres años para Empresas Pierce —dijo ella—. Fui la asistente directa de Dominic Pierce. Conozco su esquema de rutas y sé por qué están fallando ustedes.
El nombre hizo efecto.
Maxwell la miró con más atención.
—Habla.
—Pierce usa un desvío logístico que ustedes no están considerando —explicó—. Están atacando el frente equivocado. Denme una hora y acceso a sus registros.
Maxwell miró su reloj.
—Sesenta minutos. Si no funciona, se van.
Grace se sentó frente a una computadora. Trabajó sin detenerse. Revisó contratos, rutas, tiempos muertos. Todo lo que había hecho cientos de veces antes.
Cincuenta y cinco minutos después, imprimió el plan y lo dejó sobre el escritorio de Maxwell.
Él leyó en silencio.
—Esto reduce su margen —dijo al llegar a la segunda página—. Y los obliga a mover flota.
Terminó de leer.
—Funciona.
Levantó la vista.
—¿Qué quieres?
—Un contrato fijo como estratega —respondió Grace—. Seguro médico. Discreción. Y veinte mil dólares por este plan.
Maxwell no discutió.
—Hecho.
Grace asintió.
Ella inclinó la cabeza hacia la pantalla antes de que pudiera reaccionar. Leyó el mensaje. Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué es esto? —dijo, elevando la voz—. ¿Quién es esa mujer? ¿Por qué te envía dinero? ¿En nuestra boda?
Sarah fingió no saber de la existencia de Grace.
Dominic intentó recuperar el aparato.
—Sarah, baja la voz.
—No me pidas que me calme —replicó ella, poniéndose de pie—. Tu abuela me dijo que te habías enredado con una mujerzuela, pero que no tenía nada de qué preocuparme, sin embargo parece que es todo lo contrario.
Algunos invitados comenzaron a mirar. El murmullo creció. Dominic seguía en shock.
—Nos está ridiculizando. Sabe exactamente lo que hace. Porque parece que te conoce muy bien.
Dominic se levantó también, con el rostro endurecido.
—No comprendo nada —expresó—. Ella no es…
—¿Ah, sí? —espetó ella—. Entonces explícame por qué eligió este día. Porque mientras estamos aquí celebrando, tú estás pensando en ella.
Dominic no respondió.
—No te atrevas a tocarme esta noche —dijo Sarah—. No después de esto.
Se dio la vuelta y abandonó la recepción sin mirar atrás. Las miradas se clavaron en Dominic. Los fotógrafos comenzaron a moverse inquietos.
Dominic se quedó allí, inmóvil. Bajó la vista al teléfono una vez más.
«Tu peor pesadilla acaba de empezar»

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