Dominic atravesó el salón del hotel ignorando los susurros de los invitados. Su mandíbula estaba tan tensa que le dolía. Divisó a Charlotte en una de las mesas laterales, sosteniendo una copa con una calma que lo enfureció aún más.
—Tenemos que hablar. Ahora —soltó Dominic.
La abuela alzó la vista y le dedicó una sonrisa gélida.
—Claro, cariño. Vamos a un salón apartado. Este no es lugar para escenas.
Caminaron hacia una de las estancias privadas del hotel. En cuanto la puerta se cerró, Dominic se giró hacia ella.
—¿Qué demonios le hiciste a Grace?
Charlotte dejó su copa sobre una mesa auxiliar y se alisó el vestido de seda.
—No sé de qué hablas, Dominic. Solo protegí el apellido Pierce.
—¡Me acaba de llegar un mensaje! ¡Una transferencia de diez mil dólares! —Dominic le puso el teléfono frente a la cara—. Ella dice que no necesita mi dinero. ¿Qué le hiciste?
—Le di lo que me pidió —respondió la abuela sin parpadear—. Mucho dinero a cambio de dejarte en paz.
Dominic retrocedió un paso, negando con la cabeza.
—Eso no es verdad. Ella no es esa clase de mujer.
—Ay, querido... eres tan ingenuo como tu padre. Pero por eso mismo recabé pruebas.
Dominic sacudió la cabeza, resopló.
—No te creo.
Charlotte caminó hacia él, manteniendo la firmeza en su voz.
—Días después de que esa mujer se fue de la empresa, recibí la llamada de un hombre. Era un amante de Grace. Pedía una cifra astronómica a cambio de no sacar a la luz que ella era tu amante. Como comprenderás, no iba a dejar que nos extorsionaran, así que mandé investigar.
Dominic apretó los puños. Sentía un zumbido en los oídos.
—Grace Scott no solo era tu empleada —continuó la abuela—. Tenía otro hombre. Al parecer era su novio. Se veía con él mientras tú viajabas o estabas en juntas. Tengo fotos.
—Mientes —espetó Dominic.
—Hablé con ella. Nos vimos. Acordamos una cifra muy jugosa y firmó un acuerdo de confidencialidad. Si no lo cumple, la voy a demandar por difamación y extorsión.
—Quiero ver esas pruebas. Ahora mismo.
Sarah se puso de pie, encarándolo. Sus ojos estaban rojos.
—Sé que no has pecado con el cuerpo —soltó ella con voz quebrada—, pero ¿y con la mente? ¿No piensas en esa mujer cuando estás conmigo?
Dominic se tensó. El silencio se prolongó un segundo más de lo debido. Las palabras de Sarah lo golpearon porque eran una verdad que no quería admitir. Se obligó a relajar los hombros.
—No —mintió con firmeza—. Tú eres mi esposa. Vamos a hacer que esto funcione, sin pensar en el pasado.
Sarah lo observó, buscando una grieta en su máscara. Al no encontrarla, se lanzó a sus brazos y lo rodeó por el cuello.
—Me haces tan feliz, Dominic —susurró contra su pecho—. Sobre todo ahora. Tengo una sorpresa para ti, algo muy importante que decirte.
Dominic se apartó apenas para mirarla.
—¿Qué cosa?
Sarah le tomó las manos con delicadeza y las colocó sobre su vientre. Esbozó una sonrisa radiante, llena de triunfo.
—Estoy embarazada. Vamos a ser papás.

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