—Haré lo que esté dentro de mis posibilidades.
—Lo que voy a pedirte, eres perfectamente capaz de hacerlo —soltó Benicio. La ventanilla subió lentamente y el coche se perdió en la oscuridad de la noche.
Esperanza entró a la casa. Justo al cerrar la puerta, recibió un mensaje.
[Descansa bien.]
Era de Benicio. Fueron solo un par de palabras.
Esperanza miró la pantalla un momento. Seguramente Benicio ya había sospechado algo. Ella también respondió:
[Descansa bien.]
Se sentó en el sofá y abrió la bolsa que tenía enfrente. Para su sorpresa, había un conjunto de ropa y unos zapatos, preparados para el día siguiente.
No tenía ni que pensarlo para saber que era obra de Hugo. Durante los días que pasó en la casa de la familia Cáceres, Hugo se había obsesionado con reservarle citas en salones de belleza y peluquerías. Incluso contactaba a tiendas de ropa para que llevaran modelos con sus mismas medidas a modelar en la casa para que ella escogiera.
Esperanza se había negado varias veces.
Pero no pudo evitar que Hugo llenara por completo el clóset de su habitación en aquella casa. Probablemente, ese conjunto era uno de esos.
La ropa era de color marrón, acompañada de unos botines negros de tacón grueso.
Esperanza subió con las cosas, se bañó, se lavó los dientes y se aplicó la crema de manos que le había regalado la secretaria Alejandra Gil. Luego, se quedó esperando en silencio la llegada del día siguiente.
***
Apenas amanecía.
Valentín ya se había levantado y aseado. Abrió el clóset para buscar el traje que usaría ese día, junto con la corbata.
De pronto, notó que algo andaba mal. Por lo general, su ropa estaba amontonada, pero hoy, había un espacio considerable entre cada prenda. El clóset, que solía estar abarrotado, de repente se veía vacío. ¿Qué estaba pasando?
Caminó hacia el otro extremo del clóset, el lado donde Esperanza solía colgar su ropa.
Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pasos.
—Señor, el desayuno está listo —dijo la empleada tocando la puerta.
Su padre, preocupado de que desayunara algo en la calle que le hiciera daño y afectara los asuntos importantes del día, le había pedido a la empleada que se quedara la noche anterior.
—Entendido —dijo Valentín. Regresó a la cama, tomó la ropa, se la puso, se ajustó la corbata y abrió la puerta para salir.
En la mesa ya había una gran variedad de opciones para el desayuno. Valentín se sentó, miró la comida y dio un par de bocados de forma simbólica.
Durante todo ese tiempo sin los desayunos que le preparaba Esperanza, no había logrado acostumbrarse. Comiera donde comiera, apenas probaba unos cuantos bocados.
La empleada se puso un poco nerviosa.


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