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La Científica que Él Llamó "La Sirvienta" romance Capítulo 219

Grupo Córdova.

Simón empujó la puerta de la oficina. Benicio ya estaba sentado en su escritorio y había terminado de firmar todos los documentos del día. Apenas eran las ocho de la mañana.

—Director Córdova, la gente del centro de desarrollo ya está aquí.

Benicio dejó de escribir y levantó la vista.

—Convoquemos una reunión rápida de diez minutos.

Tras una reunión precisa y al grano de exactamente diez minutos, Benicio dio por concluida la sesión.

—Tienen media hora para desayunar. A las ocho cincuenta nos reunimos abajo, en la entrada oeste.

Todos se levantaron y salieron.

Benicio miró a Simón:

—¿Trajiste lo que te pedí?

Simón le dio unas palmadas a su portafolio.

—Aquí lo tengo.

—Haz veinte copias y engrápalo todo perfectamente —ordenó Benicio con expresión seria y un ligero destello en la mirada.

Simón fue a hacerlo de inmediato. Como eran demasiados documentos, le pidió ayuda a Alejandra y a la secretaria Cecilia para organizar y engrapar todo.

Cecilia tomó uno de los documentos para verlo. Frunció el ceño y preguntó:

—¿Acaso el director Córdova piensa repartir esto por toda la calle?

Simón solo sonrió. No podía imaginarse una escena así, pero sí podía imaginarse al director Córdova soltando todos esos documentos frente al comité de evaluación, con una actitud de tenerlo todo bajo absoluto control.

Por su parte, Alejandra no dejaba de quejarse mientras ordenaba los papeles.

—Maldito desgraciado, hoy vas a descubrir lo que es perder por culpa de tu amante.

—Simón, ¿de verdad no podemos ir con ustedes?

Simón la miró con impotencia.

—Aquí también te vas a enterar del chisme. Además, si me voy con el director Córdova, la oficina no puede quedarse sola.

—Bueno, ya qué —aceptó Alejandra.

Mientras usaba la engrapadora con demasiada fuerza haciendo un fuerte ruido, Cecilia le advirtió:

—Oye, con cuidado, no la vayas a romper. Este documento es el que va a eliminar a nuestro mayor competidor.

—Lo sé —dijo Alejandra—. Oye, ¿la señorita Jara sabe algo de esto?

Cecilia se encogió ligeramente de hombros.

—No tengo idea.

Las expresiones de ambas se volvieron melancólicas.

Simón tuvo que intervenir:

—La señorita Jara lo sabe. Y de ahora en adelante, no la llamen más señora, es mejor que le digan señorita Jara.

—¿Por qué? —preguntó Alejandra.

—Porque así el director Córdova se pondrá de buenas —se adelantó a responder Cecilia.

—Exacto —asintió Simón. Apiló los veinte expedientes, pero como ya no cabían en el portafolio, tuvo que buscar una bolsa de plástico cualquiera para meterlos todos y atarla con un nudo.

César tomó nota. En el trayecto, detuvo el coche un momento y compró cuatro desayunos sencillos.

Esperanza guardó su celular en el bolsillo de la falda de cuero, tomó su comida y le dijo:

—César, no olvides pedir el reembolso.

—Doctora Jara, me lo ha recordado cada vez durante cuatro años. No se me va a olvidar —dijo César con una sonrisa. Dio un par de mordidas a sus churros y siguió conduciendo rumbo al Edificio San Laureano.

La hora de llegada fue a las nueve en punto.

Esperanza se bajó del coche, acompañada en todo momento por los guardaespaldas. Primero subió por el elevador para buscar al profesor Chávez. Todos los altos directivos del instituto estaban ahí, incluyendo, por supuesto, al señor Federico.

Carolina, para evitar levantar sospechas de favoritismo, no estaba junto al señor Federico. Se encontraba en la sala de juntas pequeña de al lado, donde estaban todos los miembros del equipo del proyecto.

Esperanza saludó a cada uno de los directivos. Las miradas que le dirigían estaban llenas de admiración. Incluso el señor Federico la felicitó:

—Señorita Jara, llegar a este día no debió ser nada fácil para usted.

—Muchas gracias, señor Federico —respondió Esperanza con cortesía. Luego, miró al resto de los directivos—. Como no voy a participar en la evaluación técnica, pasaré a la sala de al lado.

Todos asintieron.

Esperanza salió de la oficina, y el profesor Chávez la siguió para decirle:

—Las pantallas de la sala pequeña de al lado están conectadas con las de esta sala. Podrán ver los reportes de todas las empresas y también les transmitiremos la imagen en tiempo real. Tienen que escuchar con mucha atención y discutir entre ustedes para llegar a una conclusión. Al final, tomaremos en cuenta su opinión.

—Lo sé —asintió Esperanza. Luego miró hacia la puerta de la sala pequeña de al lado—. ¿Ya llegó Carolina?

—Sí, ya llegó. Está en el piso de abajo.

—¿En el piso de abajo? —preguntó Esperanza con un poco de confusión. No se había topado con ella cuando subió.

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