Grupo Córdova.
Simón empujó la puerta de la oficina. Benicio ya estaba sentado en su escritorio y había terminado de firmar todos los documentos del día. Apenas eran las ocho de la mañana.
—Director Córdova, la gente del centro de desarrollo ya está aquí.
Benicio dejó de escribir y levantó la vista.
—Convoquemos una reunión rápida de diez minutos.
Tras una reunión precisa y al grano de exactamente diez minutos, Benicio dio por concluida la sesión.
—Tienen media hora para desayunar. A las ocho cincuenta nos reunimos abajo, en la entrada oeste.
Todos se levantaron y salieron.
Benicio miró a Simón:
—¿Trajiste lo que te pedí?
Simón le dio unas palmadas a su portafolio.
—Aquí lo tengo.
—Haz veinte copias y engrápalo todo perfectamente —ordenó Benicio con expresión seria y un ligero destello en la mirada.
Simón fue a hacerlo de inmediato. Como eran demasiados documentos, le pidió ayuda a Alejandra y a la secretaria Cecilia para organizar y engrapar todo.
Cecilia tomó uno de los documentos para verlo. Frunció el ceño y preguntó:
—¿Acaso el director Córdova piensa repartir esto por toda la calle?
Simón solo sonrió. No podía imaginarse una escena así, pero sí podía imaginarse al director Córdova soltando todos esos documentos frente al comité de evaluación, con una actitud de tenerlo todo bajo absoluto control.
Por su parte, Alejandra no dejaba de quejarse mientras ordenaba los papeles.
—Maldito desgraciado, hoy vas a descubrir lo que es perder por culpa de tu amante.
—Simón, ¿de verdad no podemos ir con ustedes?
Simón la miró con impotencia.
—Aquí también te vas a enterar del chisme. Además, si me voy con el director Córdova, la oficina no puede quedarse sola.
—Bueno, ya qué —aceptó Alejandra.
Mientras usaba la engrapadora con demasiada fuerza haciendo un fuerte ruido, Cecilia le advirtió:
—Oye, con cuidado, no la vayas a romper. Este documento es el que va a eliminar a nuestro mayor competidor.
—Lo sé —dijo Alejandra—. Oye, ¿la señorita Jara sabe algo de esto?
Cecilia se encogió ligeramente de hombros.
—No tengo idea.
Las expresiones de ambas se volvieron melancólicas.
Simón tuvo que intervenir:
—La señorita Jara lo sabe. Y de ahora en adelante, no la llamen más señora, es mejor que le digan señorita Jara.
—¿Por qué? —preguntó Alejandra.
—Porque así el director Córdova se pondrá de buenas —se adelantó a responder Cecilia.
—Exacto —asintió Simón. Apiló los veinte expedientes, pero como ya no cabían en el portafolio, tuvo que buscar una bolsa de plástico cualquiera para meterlos todos y atarla con un nudo.


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