Como era raro ver a Esperanza interesada en algo que no fuera el trabajo o su esposo, Teresa soltó de corrido todo lo que sabía sobre las reglas ocultas para comprar en esas tiendas de lujo.
Esperanza la escuchaba abstraída; su mente solo pensaba en que su esposo no había llegado a dormir y en cómo esa mañana había sacado el pañuelo de su bolsillo sin ninguna caja ni envoltura.-
Volvió a mirar hacia la dirección por la que se había ido Carolina y murmuró, pensativa:
—La bolsa de la señorita Luque se veía muy nueva.
—Pues claro, se la compró anoche —intervino Teresa de inmediato.
Esperanza clavó la vista en ella.
El profesor Chávez también preguntó:
—¿Y tú cómo sabes?
—A mediodía escuché al señor Federico hablando con la señorita Luque. Él también notó la bolsa y le dijo que cuidara las apariencias. Ella le contestó que se la regaló un amigo anoche, y que no podía despreciar el detalle. —Teresa suspiró—. ¡Una bolsa de más de un millón de pesos! ¿A mí por qué no me tocan amigos así?
Esperanza repitió en voz baja la palabra «amigo». Lo mismo le había dicho Valentín esa mañana.
Luego preguntó:
—Y esa bolsa que trae, ¿viene con un pañuelo de estos como requisito de compra?
—Uy, y con muchas cosas más —respondió Teresa—. El pañuelo es solo uno de los artículos extras, aunque claro, también se pueden comprar sueltos.
El corazón de Esperanza latía a mil por hora con cada palabra de Teresa.
—Profesor Chávez, no voy a ir a la cena de esta noche, surgió un problema en mi casa.
El profesor dudó antes de preguntar:
—¿Es algo grave?
—Muy grave.
Sentía que el mundo se le venía abajo.
El profesor trató de calmarla:
—En ese caso, yo hablo con la señorita Luque. Tú concéntrate en resolver lo de tu casa. El proyecto ya está en su fase final, así que no estamos tan presionados como antes. No es necesario que vengas todos los días; cualquier cosa importante, te llamamos.
—De acuerdo. —Esperanza se puso su cubrebocas y salió sola.
No se fue a casa, sino que pidió un taxi hacia las oficinas de Grupo Vértice. Inesperadamente, se topó de frente con Valentín.
Pero él no la vio.
Tal vez porque llevaba el cubrebocas, tal vez porque a esa hora salía demasiada gente del trabajo, o simplemente porque Valentín iba distraído en el celular.
Sin embargo, llevaban cuatro años de matrimonio...
Valentín pasó justo enfrente de ella.
Ella se dio la vuelta y lo siguió. Al acercarse un poco, logró escuchar su conversación.
—¿Tienes una cena? ¿Entonces no paso por ti a la salida? —Valentín detuvo su paso.
Ella también se detuvo.
—Está bien, cuando termines mándame un mensaje y paso por ti. —Valentín dio media vuelta y volvió a pasar al lado de Esperanza.
Justo antes de llegar a los elevadores, Valentín se detuvo un instante, pues una silueta familiar cruzó por su mente.
Volteó a mirar.
—¿Busca algo, director Salinas? —le preguntó su asistente.
Valentín negó con la cabeza; seguro le había parecido. A esa hora, Esperanza debía de estar en la cocina de su casa, era imposible que estuviera afuera de la oficina.
Apenas contestó, escuchó un llanto desgarrador al otro lado:
—¡Esperanza, ayúdame!
La familia Salinas siempre la había menospreciado por ser huérfana, en especial después de que Valentín alcanzó el éxito laboral. Todo el mundo opinaba que ella no estaba a su altura.
Y Florencia, no solo la llamaba por su nombre a secas, sino que la trataba como si fuera su sirvienta.
Solo la trataba con un mínimo de respeto cuando se metía en problemas y no se atrevía a contárselo a su hermano.
—¿Ahora qué pasó? —preguntó Esperanza con tono monótono.
Florencia había atropellado a alguien. La víctima exigía una indemnización y el pago de la cirugía; además, la propia Florencia también estaba herida y hospitalizada.
En la llamada, le suplicó mil veces que no le dijera nada a la familia.
Esperanza aceptó y corrió hacia el hospital.
—¡Por qué te tardaste tanto! Me estoy muriendo de dolor y tú ahí vienes a paso de tortuga.
A pesar de haber acudido de buena fe, solo recibió reclamos a diestra y siniestra. Esperanza, incapaz de disimular su molestia, clavó una mirada fría en su cuñada.
Florencia se quedó pasmada.
¿Qué le pasaba a Esperanza, que siempre era tan obediente con ellos? ¿Cómo se atrevía a mirarla de esa forma?
—¿Por qué me ves así? ¿No crees que le voy a decir a mi hermano que me estás maltratando?
Al recordar que su hermano mayor la respaldaba, Florencia volvió a adoptar su actitud mandona.
Todos sabían que Esperanza amaba a Valentín con locura, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él y a aguantar el peor de los tratos.
—Si no quieres que le vaya con el chisme a mi hermano... —Florencia parpadeó y de pronto esbozó una sonrisa dulce y manipuladora—. Esperanza, me muero de hambre. Tengo antojo de langosta del Caribe, ve a comprármela, ándale.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Científica que Él Llamó "La Sirvienta"