Un platillo de dos mil pesos que, para colmo, requería reservación previa.
Antes, siempre habría sacado el dinero de su propia bolsa para complacer a Florencia, pero esta vez ya no quería hacerlo.-
Todo el dinero que había ahorrado durante esos años por Valentín había ido a parar a los bolsillos de Carolina.
Su corazón no podía estar más congelado.
—Puedes decirle ahora mismo si quieres.
Esperanza se dio la vuelta sin inmutarse y salió al pasillo, pidiéndole a una enfermera que llamara a Valentín para que viniera.
Los familiares del afectado estaban armando un alboroto; en el pasado, ella ya se habría acercado a calmarlos y arreglar el asunto.
Esta vez no movió un dedo. Se quedó a un lado como una simple espectadora, con una mirada distante, hasta que llegaron sus suegros angustiados.
Cuando los afectados se enteraron de que eran los padres de la culpable, se les echaron encima exigiendo explicaciones y el dinero de los gastos.
Los dos ancianos, vestidos de manera elegante, miraban con asco a la gente mientras intentaban abrirse paso desesperados para buscar a su hija, poniéndose de puntillas para ver mejor. Al ubicar a su nuera Esperanza, le lanzaron una mirada fulminante y abrieron la boca con la intención de echarle encima a los quejumbrosos.
Esperanza adivinó sus intenciones, así que se abrió paso entre la gente y dijo:
—Señor Rubén, señora Luisa, los llevo con Florencia.
Luego se volteó hacia la familia afectada:
—Pierdan cuidado, el hermano de Florencia es el director Salinas de Grupo Vértice, un hombre con una excelente reputación. No va a evadir su responsabilidad, nos haremos cargo de lo que corresponda.
Habló con tanta seguridad que la tensión del otro lado disminuyó un poco.
Aunque el hermano del atropellado captó el dato clave:
—Grupo Vértice, ¿eh? ¡Más les vale no hacerse patos o les vamos a armar un escándalo!
A Rubén y a Luisa, los padres de Valentín, les cayó pésimo que Esperanza revelara el nombre de la empresa y el puesto de su hijo. Habían intentado callarla, y al escuchar que esa bola de nacos podría ir a molestar a Valentín, ambos le clavaron una mirada asesina.
Una vez que la gente ruidosa se apartó, Rubén soltó con tono sarcástico:
—Mira qué habladora saliste hoy, antes no abrías la boca.
Luisa se acomodó la chalina y empezó a regañarla:
—Muy bonito, Esperanza. No sirves para ganar dinero, no puedes tener hijos, y ni siquiera eres capaz de cuidar a tu cuñada. ¿Qué va a hacer si le queda alguna cicatriz en la cara o si queda coja? ¿Cómo se va a presentar en sociedad? ¿Quién se va a querer casar con ella? ¡Y todavía encima vas y embarras a tu marido! ¿Esa es forma de ser esposa? ¡Eres una estúpida y una arpía!
—¿Una arpía?
Desde que se casó con Valentín, la responsabilidad de cuidar a Florencia le había caído encima. Si Florencia se hacía un rasguño, sus suegros siempre encontraban la forma de culparla a ella.
Había aguantado callada durante cuatro años, deslomándose por ellos, ¿y a cambio de no recibir ningún respeto la llamaban arpía?
Esperanza apretó los puños; lo único que le provocaba era reírse de rabia.
—Florencia es responsabilidad de ustedes y de Valentín. De la única que no es responsabilidad, es mía.
Rubén y Luisa se quedaron mudos al ver que la mujer que siempre agachaba la cabeza se atrevía a contestarles, pero su sorpresa pronto se convirtió en furia.
¡Ellos eran mayores que ella! ¡Cómo se atrevía a faltarles al respeto!
Solo que esta vez no venía solo. Carolina venía con él.
Esperanza se quedó petrificada; ambos cruzaron miradas.
Valentín también pareció desconcertado por un segundo. Luego caminó hacia ellos y preguntó con frialdad qué estaban haciendo todos amontonados ahí.
A su lado, Luisa reconoció a Carolina de inmediato. Su actitud furiosa desapareció en un parpadeo y, de repente, era la mujer más amable del mundo; la tomó de las manos sin dejar de saludarla.
—¡Caro, mi niña! Hace años que no te veía. ¿Cómo te fue en el extranjero? Seguro la comida no estaba tan buena, ¿verdad? Mírate, estás más delgada... pero sigues igual de guapa.
—Señora, usted se ve igual de joven y llena de energía. ¡Y su cutis está precioso! —Carolina le devolvió el halago antes de adoptar una expresión de disculpa—. Cuando me enteré por teléfono de que Florencia había tenido un accidente, me vine corriendo. No tuve tiempo de traerles ningún detalle. ¿Qué le parece si los voy a visitar a su casa la próxima vez?
—¡Por supuesto que sí! —respondió Luisa, que no podía pedir nada mejor.
Carolina sonrió ligeramente y luego se acercó a donde estaban.
—Valentín, ¿no me vas a presentar?
La mirada de Valentín se tornó cálida.
—Caro, ella es mi... mi esposa, Esperanza. Esperanza, ella es una amiga de la universidad, Carolina. Puedes llamarla señorita Luque; es una mujer brillante.
—¿La señora Salinas también se llama Esperanza?
Carolina curvó los labios pintados de rojo y barrió con la mirada a la mujer que tenía enfrente, sin poder ocultar un ligero desdén en sus ojos.
—Qué coincidencia. En el proyecto que dirijo también hay alguien que se llama Esperanza.

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