Una mujer descalza y envuelta en una cobija, con el cabello desordenado pegado a la mitad de la cara, se iba acercando. Al observar mejor, se notaba la marca roja de una bofetada en su mejilla.
Ambos entraron juntos al elevador.
La mujer parecía un zombi. Llevaba la tarjeta de la habitación en la mano, pero no la pasaba por el sensor ni presionaba ningún botón. De perfil, se alcanzaban a ver las lágrimas que le caían a chorros.
Tras unos segundos, él rompió el silencio:
—¿A qué piso va?
La mujer por fin reaccionó. Con sus dedos pálidos y temblorosos pasó la tarjeta. Sonó un pitido y apretó el botón. Luego, se limpió las lágrimas y se acomodó la melena detrás de la oreja, dejando su rostro al descubierto.
Tenía la nariz y los ojos irritados de tanto llorar; lucía destrozada pero mantenía un aire de distancia.
Con terquedad, tratando de ocultar lo mal que la estaba pasando, le dijo con cortesía:
—Gracias.
Tenía la voz ronca.
Benicio se le quedó viendo a la marca roja de su cara por un instante, pero no hizo preguntas de más.
Ding.
El elevador llegó al piso de Esperanza. Ella asintió levemente hacia el hombre y salió.
Benicio se quedó mirando su frágil figura de espaldas hasta que las puertas se cerraron. Acto seguido, sacó su celular y mandó un mensaje.
Apenas Esperanza se había sentado en el sillón de su cuarto, sonó el timbre.
Al abrir, vio que era el gerente del hotel.
—Buenas noches, señora. Pensé que tal vez necesitaría un poco de pomada desinflamante y unas pantuflas más cómodas.
El gerente mantenía una sonrisa cordial, aunque si uno prestaba atención, se notaba un ligero brillo de entusiasmo en sus ojos que lo hizo agregar:
—No se preocupe, señora. No es ninguna molestia. Solo queremos asegurarnos de que nuestros huéspedes estén bien. Nuestro principal objetivo es que todos se sientan cómodos durante su estancia en el hotel. Que descanse.
Esa noche, el hombre con el que llevaba casada cuatro años le había dado una bofetada, pero allá afuera había recibido un gesto amable de un completo desconocido.
Esperanza recibió la pomada y las pantuflas, agradeciendo de todo corazón.
El gerente, que estaba con su mejor sonrisa, se quedó de piedra al ver el anillo en su dedo anular.
«Espere, esto… ¿qué significa esto?» pensó el gerente, pasmado.
El gerente se fue todavía en shock.
Esperanza cerró la puerta. Se limpió los pies y se puso las pantuflas. Fue a lavarse las manos y se aplicó la pomada en el rostro. Su celular empezó a vibrar sin parar, mostrando un mensaje tras otro de «Amor».
Ese apodo se lo había puesto el mismo Valentín.
[¿A dónde fuiste?]
[Regresa, Esperanza. Deja de hacer berrinche.]
[Tú eres la que quería un hijo y ya acepté. Mañana vas al Grupo Córdova a renunciar y te quedas en la casa preparándote para el embarazo.]
La actitud de Valentín era tajante. Por un momento, Esperanza no supo si él había cambiado, o si en realidad siempre había sido así y esa era su verdadera cara.
Bloqueó el celular. Era la primera vez que no le contestaba los mensajes a Valentín de inmediato. De hecho, no le contestó en toda la noche.
A la mañana siguiente, él le marcó por teléfono, pero ella tampoco contestó.
Una nueva notificación saltó en el chat.
[Mi amor, no desayuné lo que me preparas y ya me está matando la gastritis.]
Esperanza apretó el celular con fuerza. Hasta ahora se acordaba de que tenía esposa.
Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
Aun así, no contestó.
—Valentín, ¿te peleaste con Esperanza? ¿Fue por mi culpa? Perdóname, Valentín.
—No fue por tu culpa, quién sabe qué mosca le picó. —Valentín se inclinó para abrocharle el cinturón de seguridad y arrancó el coche para ir a desayunar.
Carolina se quedó analizándolo. Al ver que estaba distraído a pesar de estar con ella, se le ocurrió una idea.
—Valentín, el café está hirviendo, ¿me lo revuelves un poco para que se enfríe, por favor?
—Claro.
Valentín tomó la taza frente a ella y empezó a mover el líquido suavemente con la cuchara. De pronto, como si hubiera recordado algo, se detuvo, tomó su celular y mandó un mensaje.
—¿A quién le estás escribiendo, Valentín? —preguntó Carolina, mirándolo con recelo.
Valentín puso el celular boca abajo sobre la mesa y respondió:
—Con alguien a quien le guardo mucho respeto.
Era la esposa del mentor de Esperanza, la señora Daniela.
Al enterarse de que no podían comunicarse con la alumna consentida de su difunto esposo, Daniela fue directamente a la ciudad. Le marcó por teléfono a Esperanza, y en cuanto supo su ubicación, se dirigió de inmediato al hotel.
Al ver a la señora Daniela con sus cabellos platinados, Esperanza se quedó paralizada un segundo y, por puro instinto, se tapó la cara con la mano.
—¿Qué tapas? Ya lo vi —dijo Daniela entrando a la habitación con el ceño fruncido—. ¿Fue Valentín?
—Sí. —Esperanza asintió. Bajó la mirada y las lágrimas se le volvieron a escapar.
—¡No llores! Si ayer se atrevió a levantarte la mano, a la próxima te manda al hospital. —A Daniela nunca le había parecido bien que Valentín usara a Esperanza como sirvienta para toda su familia. No le preguntó qué había pasado, fue directo al grano—. ¿Qué piensas hacer?
—Me voy a divorciar. —Esperanza levantó la vista.
Los ojos de Daniela reflejaron compasión, pero enseguida habló con tono pragmático.
—Yo te consigo al abogado.

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