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La Científica que Él Llamó "La Sirvienta" romance Capítulo 7

Él siempre supo que Esperanza era muy guapa y que tenía buen cuerpo; las raras veces que intimaban le costaba mucho contenerse.

Pero la idea de acostarse con otra mujer le provocaba un fuerte sentimiento de culpa, como si estuviera traicionando a su verdadero amor, así que durante todos esos años se había aguantado.

Sin embargo...

Esperanza era su esposa por la ley, y esa noche se veía verdaderamente tentadora.

Esperanza se dio cuenta de que la estaba mirando, pero en el fondo sabía perfectamente que un hombre que solo quería tener hijos con la mujer de sus sueños jamás tendría intenciones reales con ella.

Así que pasó frente a él con total naturalidad y tomó la secadora de pelo.

Valentín se quedó clavado en su sitio, siguiéndola con la mirada.

La observó de espaldas mientras se pasaba todo ese cabello largo hacia un lado, dejando a la vista su nuca blanca y delgada. En el aire flotaba un aroma a humedad y jabón.

Valentín tragó saliva.

De pronto, una mano cálida se posó en la cintura de Esperanza.

—Recuerdo que siempre has querido un hijo. —Valentín apagó la secadora, se la quitó de las manos y la abrazó por la espalda.

Sí, Esperanza quería tener un bebé con el hombre que amaba, pero en ese preciso momento, solo sintió repulsión.

—Ya no quiero —respondió en voz baja.

Valentín frunció el ceño. Levantó una mano y le acarició la barbilla y el cuello con suavidad; esa piel tan tersa era adictiva.

Su cuerpo empezó a reaccionar.

Esperanza abrió los ojos con cierta sorpresa y alarma.

—¿No será que andas muy cansada de estar trabajando y al mismo tiempo cuidando la casa estos días? Tengamos un bebé y así ya te dedicas de lleno a ser ama de casa, ¿te parece?

Esperanza no solo había dejado de prepararle la comida, sino que también se negaba a lidiar con los asuntos de la familia Salinas, y de paso, empezaba a mostrar ideas que él no lograba descifrar.

Eso no podía seguir así.

Él necesitaba una esposa hacendosa que le llevara la casa, y los Salinas necesitaban una nuera dócil a su servicio.

Si Esperanza quería un bebé, pues se lo daría, no era para tanto. Además, eso serviría para amarrarla de una vez por todas a la casa.

¿Para qué diablos trabajaba por cuatro mil pesos? Si la gente se enteraba, solo lo iban a dejar en ridículo.

Justo cuando estaba a punto de besarla en los labios, Esperanza giró el rostro para esquivarlo.

Valentín entrecerró los ojos al instante.

—¿Qué significa esto?

—Que ya no quiero —respondió Esperanza, mirando al hombre a través del espejo con firmeza.

La sensación de que su mujer se le iba de las manos era cada vez más evidente. Por muy educado que fuera Valentín por lo general, en ese momento su rostro se volvió completamente gélido, y la mano que sostenía la barbilla de Esperanza apretó con fuerza.

—Llevas cuatro años pidiéndome un hijo. Ahora que estoy dispuesto a dártelo, ¿sales con que ya no quieres? —De pronto, a Valentín le cruzó una idea terrible por la mente, y su mirada se volvió implacable—. ¿Andas con otro?

Al escuchar eso, Esperanza sintió una punzada de dolor en el pecho. Le sostuvo la mirada con una frialdad absoluta, como si sus ojos le gritaran: «¿Quién es el que tiene a otra?».

Esperanza se zafó de su agarre y caminó hacia la recámara, cerrando la puerta tras de sí.

¿Cuándo le había cerrado Esperanza la puerta en la cara?

Desde que se conocieron y se casaron, ella siempre había hecho todo lo que él decía. Todo era a su manera.

Ese cambio tan brusco era algo que Valentín simplemente no podía tolerar.

Dio zancadas tras ella, la jaló con fuerza del brazo para meterse a la recámara y la aventó sobre la cama.

—¡Valentín! ¡Qué haces!

—Vamos a tener un hijo, lo digo yo. Esperanza, tú nunca me rechazas. Pórtate bien.

—Amor... —Valentín encogió los dedos, sin atreverse a ver los ojos asustados de Esperanza, que parecían los de un animal acorralado.

Esperanza se envolvió en una cobija, salió corriendo de la recámara, agarró su celular del sillón y salió de la casa.

Al cruzar la puerta, una sola palabra resonaba en su cabeza: «Divorcio».

***

Con la cara hinchada y roja, Esperanza se quedó parada en la acera. Lo primero que pensó fue en volver al orfanato, pero le dio miedo que la anciana señora Tapia sufriera al verla en ese estado. La señora Daniela estaba reposando a las afueras de la ciudad, así que tampoco era una opción. Al final, se metió al primer hotel que encontró.

En ese mismo momento, un elegante Maybach se detuvo frente a la entrada del hotel. Un hombre vestido de traje impecable bajó del coche, con el semblante algo serio.

La cabeza de una joven se asomó por la ventanilla.

—Hermano, ¿de verdad no vas a dormir en la casa? Mis papás solo lo dicen por decir, no te están presionando en serio.

El hombre no dijo una sola palabra y entró al hotel solo.

La chica negó con la cabeza y soltó un suspiro, seguido de una carcajada.

—Ay... ¡Hasta el mismísimo jefe del Grupo Córdova no se salva de que le anden exigiendo matrimonio! Jajaja...

El Maybach arrancó y se fue.

Mientras el hombre cruzaba el vestíbulo, escuchó a la recepcionista preguntar algo con mucha cautela un par de veces.

—Señora, ¿segura que no necesita ayuda?

—Si se le ofrece algo, no dude en llamar a recepción.

—Gracias —respondió una voz débil.

Como ese hotel pertenecía al Grupo Córdova y él estaba ahí, no quería que pasara ningún altercado. Benicio Córdova levantó la mirada hacia donde provenía la voz.

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