—¡FUERA de aquí! ¡Fuera ahora mismo! —el grito del CEO retumbó en las paredes de cristal, cargado de una furia que hizo vibrar el aire de la oficina.
Estaba totalmente enfurecido. Una de las secretarias, presa del pánico y los nervios, le había derramado café hirviendo sobre el escritorio, estropeando en un segundo documentos cruciales que valían millones. La pobre chica temblaba de pies a cabeza; su rostro, antes sonrosado, ahora era de un blanco fantasmal. Con la voz apenas audible y un tartamudeo incontrolable, intentaba articular una disculpa que sabía inútil.
—Yo... lo siento... lo siento mucho, señor. Fue un accidente, se lo juro, fue un accidente —repetía una y otra vez, como una plegaria desesperada.
Ella conocía de sobra lo explosivo y cruel que podía llegar a ser ese hombre. Rodrigo Álvarez no perdonaba errores, no toleraba la torpeza y exigía una perfección absoluta en cada rincón de su empresa. Para él, las cosas se hacían bien o simplemente no se hacían. Mentalmente, la joven ya se estaba preparando para lo peor; sabía que su carrera en Álvarez Group terminaba en ese preciso instante.
Rodrigo Álvarez era un hombre imponente, de una presencia que llenaba cualquier habitación. Poderoso, frío y calculador, era el tipo de líder que no conocía la palabra "misericordia".
—¡Llame a mi asistente personal ahora mismo! ¡Ahora! —ordenó con un tono gélido.
Su mirada fija y penetrante era capaz de helar la sangre de cualquiera. Solo con sostenerle el contacto visual, a la mayoría le temblaban las piernas. Para muchos en el edificio, él no era un jefe; era el mismísimo demonio vestido de seda.
—Sí, señor... ahora mismo voy a buscarlo —alcanzó a decir la secretaria antes de salir corriendo como alma que lleva el diablo.
Cruzó el pasillo con el cuerpo sacudido por los sollozos y el miedo, encontrando por suerte a Samuel, el asistente personal de Rodrigo, a unos pocos metros.
—Señor Samuel... el señor Álvarez lo solicita en su oficina de inmediato —dijo ella.
Al ver el terror en los ojos de la mujer, Samuel no necesitó más explicaciones. Sabía que el "monstruo" había despertado. Con un breve asentimiento, se dirigió directamente al despacho presidencial. Apenas puso un pie dentro, la voz grave y autoritaria de su jefe lo golpeó como un látigo.
—Necesito una asistente que sea capaz e inteligente, no una estúpida incapaz de sostener una taza —sentenció Rodrigo sin siquiera mirarlo—. Despídela inmediatamente. No quiero verla ni un segundo más en mis instalaciones. Ve a Recursos Humanos y que me asignen una nueva secretaria lo antes posible. La quiero aquí mañana.
—Como usted ordene, señor. Me encargo de este asunto ahora mismo.
Siguiendo las instrucciones al pie de la letra, Samuel tramitó el despido, entregó el cheque de liquidación correspondiente y se dirigió a Recursos Humanos para cubrir la vacante de urgencia. Horas más tarde, regresó para informar que ya tenían candidatas para la mañana siguiente.


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