Vanesa acababa de colgar, pero el corazón de Jaime ya latía con fuerza, como si la llamada hubiera agitado algo dormido en su interior.
—Está bien —respondió con voz áspera—. Volveré sano y salvo.
El tono ocupado resonó en el auricular, y Vanesa, con el celular aún en la mano, se quedó mucho rato sin moverse, como si el silencio pesara más que las palabras.
Mientras tanto, del otro lado del mundo, en cuanto la llamada terminó, el ambiente alrededor de Jaime cambió de golpe. Sus ojos destellaron con una frialdad que helaba la sangre. Bastó con que levantara la mirada para que todos a su alrededor sintieran el peso de su presencia.
El hombre extranjero, arrodillado a sus pies, no pudo evitar estremecerse. El sudor frío le empapaba la camisa y la voz le temblaba de puro pánico.
—Aunque me pregunten, no les va a servir de nada. No tengo idea de dónde está la doctora Muñoz, se los juro…
No alcanzó a terminar la frase cuando otro golpe seco lo hizo gritar de dolor.
Jaime lo miró desde arriba, sin compasión, con la misma indiferencia que uno mira a un animal muerto en la carretera.
Benito, que estaba a un lado, se inclinó para susurrarle al oído:
—Señor Morán, este tipo es más terco que una mula.
Jaime tamborileó con los dedos el reposabrazos de cuero de su asiento, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—No es que sea terco —dijo con voz cortante—. Es que ustedes no han sido lo suficientemente duros.
—Entendido —asintió Benito al instante.
A pesar de que la conversación era en español, el hombre extranjero comprendía lo suficiente como para que el miedo lo dominara. Temblaba de pies a cabeza, las manos atadas detrás de la espalda ya sangraban por el forcejeo. Donde antes llevaba el reloj personalizado de la doctora Muñoz, solo quedaba una marca morada, profunda.
Nunca imaginó que Jaime, apenas bajando del avión, ordenaría que lo capturaran de inmediato. Estaba claro que lo tenían todo planeado desde antes.
—Voy a contar hasta tres —anunció Jaime, su voz tan tranquila como si hablara sobre el clima de mañana—. Si no hablas, te dejamos en el desierto para que los buitres tengan un banquete.
...
—¡Reina Vanesa! ¡Todo es culpa mía, castígame como quieras!
Cynthia, al enterarse de la verdad por boca de Vanesa, casi se desmaya en la cama. No podía creer el error que había cometido. ¿Cómo había podido confundir a Jaime con Pablo?
—Ay, Cynthia… —Vanesa suspiró y le dio un suave toque en la frente—. En serio, nunca más te voy a creer nada cuando estés borracha.
Esa noche, Cynthia había bebido de más y, entre la confusión y el ruido, entendió todo al revés.
—Bueno, tampoco es que todo sea mi culpa —protestó Cynthia, encogiéndose de hombros—. Yo escuché que hablaban de la exposición de Pablo… ¿Cómo iba a saber que estaban mezclando dos temas y dos personas al mismo tiempo?

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