Un viento fuerte se levantó de repente. Mariano, con una mirada decidida, se colocó en posición y lanzó su puño directo hacia la cara de Álvaro.
Álvaro ni se inmutó. No intentó ningún movimiento defensivo; sus ojos negros y firmes estaban fijos en Mariano, sin mostrar ni un atisbo de miedo.
Desde afuera de la ventana, los testigos se quedaron sin aliento.
Pero el puño de Mariano se detuvo a apenas unos centímetros del rostro de Álvaro.
Uno de los investigadores que observaba desde afuera levantó la mano.
—Señor Mariano, ¡hemos encontrado algo!
La mirada cortante de Mariano recorrió el rostro de Álvaro y, al pasar junto a él, no pudo evitar recordar cómo la persona que se había llevado a Begoña la abrazaba con tanta familiaridad. Una chispa de rabia encendió su interior. En un movimiento veloz, giró el cuerpo y levantó la pierna, lanzando una patada dirigida a Álvaro.
Álvaro, con reflejos entrenados, retrocedió y levantó las manos para bloquear la patada, pero aun así salió perdiendo. El golpe lo lanzó hacia atrás y tuvo que dar dos pasos para recuperar el equilibrio.
La mirada de Álvaro se volvió más aguda.
—Señor Mariano, si le soy sincero, su esposa no parecía estar siendo secuestrada... Más bien parecía estar huyendo de usted.
En cuanto terminó de hablar, afuera estalló una ola de murmullos.
—¡Eso es cierto! Yo estuve ahí cuando el helicóptero despegó. La señora Guzmán pasó justo al lado del señor Mariano. Pudo haberlo alcanzado para pedir ayuda, pero claramente se apartó de él— soltó uno de los presentes, poniendo en duda toda la escena.
De inmediato, todos sacaron sus celulares para revisar una y otra vez el video del momento en que Begoña fue llevada.
Aunque era de noche y sus caras no se distinguían bien, los movimientos eran claros como el agua.
Las dudas crecían, cada vez más fuertes, como una ola tras otra.
Mariano arrugó la frente, su voz cargada de furia.
—¿Quién les dio permiso de opinar sobre mi relación con mi esposa?
Álvaro respondió con una sonrisa desdeñosa.
En ese instante, entró uno de los investigadores con una laptop entre las manos.
—Señor Mariano, el registro de la ruta de este carro fue borrado. Sucedió hace apenas dos minutos, de manera deliberada.
La mirada de Mariano se oscureció aún más. Para él, ya no quedaban dudas de que Álvaro estaba detrás de la desaparición de Begoña.
—¡Destruyan el laboratorio!— ordenó, sin dudar.
De pronto, todas las pantallas de comunicación se apagaron, sumidas en un negro absoluto.
En el monitor apareció la silueta de una figura humana, completamente oscura. Un ruido eléctrico se coló por todos los equipos de comunicación, estremeciendo a quienes lo escuchaban.
Una voz robótica habló:

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