Begoña yacía al borde del precipicio, apenas consciente. Alguien la divisó y gritó hacia el abismo con desesperación.
—¡Señor Mariano, encontramos a la señora Guzmán!
—¡La señora Guzmán no está en el fondo del barranco!
Sin embargo, la cuerda seguía deslizándose sin detenerse, cayendo hacia el vacío.
El caos se apoderó de todos.
Begoña, impulsada por un último instinto de supervivencia, se lanzó a atrapar la cuerda. El roce brutal le abrió una herida sangrante en la palma.
Con la garganta desgarrada, gritó hacia el abismo:
—¡Mariano! ¡No estoy abajo, regresa!
Su voz resonó en el acantilado. Todos los presentes la escucharon con claridad, incluso entre el estruendo del viento.
Pero la cuerda siguió resbalando entre sus dedos, deslizándose más y más.
Los guardaespaldas, al darse cuenta, corrieron a sujetarla. Aun así, la cuerda no solo no se detuvo, sino que de pronto se precipitó con más fuerza.
—La cuerda la controla el señor —explicó uno de los guardaespaldas mientras ayudaba a Begoña a ponerse de pie, su expresión llena de dolor—. Señora, me temo que el señor…
Begoña se desplomó, sollozando incontenible. Se aferró a los guardaespaldas, a los expertos del equipo de rescate, suplicándoles entre sollozos:
—No… no puede ser… ¡No puede ser!
Las voces agitadas de los guardias y rescatistas discutían a su alrededor. Un helicóptero de búsqueda sobrevolaba el lugar, las luces blancas y crudas lastimaban sus ojos. Sentada al borde del precipicio, con lágrimas corriendo por sus mejillas, la mente de Begoña se llenó de recuerdos de Mariano: su voz, su risa, su manera de mirarla.
Solo quería alejarse de él, jamás había deseado su muerte.
Él había sido su salvación, quien la rescató del lodo en el que se ahogaba.
Desde que su madre falleció, él se volvió su mundo entero.
Se cubrió el pecho, intentando mitigar el dolor que la desgarraba.
Lo había amado tanto.
El sufrimiento la aplastaba, sentía cómo algo vital se le escapaba y no podía retenerlo. Se obligó a incorporarse, tambaleante, la voz rota:
—No podemos esperar a que amanezca para que se disipe la niebla venenosa… Que el equipo de rescate baje ahora mismo, con tanques de oxígeno.
Apenas terminó de hablar, su vista se nubló, la oscuridad la envolvió y todo su cuerpo perdió fuerza, desplomándose sin remedio.
El eco de los gritos de alarma le llegaba lejano. Cayó en unos brazos helados, y en su mente apareció el rostro de Mariano, con esa mirada suya, tan cargada de preocupación y ternura.
Un pitido agudo resonó en su oído.
En ese instante, una luz descendió sobre ella.
Le pareció escuchar la voz de su madre llamándola.
Su madre había aguantado hasta que ella cumplió dieciocho años, le organizó una fiesta enorme de mayoría de edad, que también fue su fiesta de compromiso. Esa noche la confió a Mariano.
Cuánto deseaba volver a verla.
Su cuerpo flotaba, liviano, y una voz contenida y firme le susurró al oído:

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