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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 137

—Bego, cuando amas a alguien de verdad te sientes feliz, no te invade la desesperanza.

—Ya no lo amas, ¿lo sabías?

—Solo te aferras a la costumbre de quererlo, te da miedo enfrentar la realidad, te asusta admitirlo, te paraliza pensar en el cambio, temes no saber cómo seguir adelante —Álvaro vio cómo a Begoña se le escapaban las lágrimas, y la abrazó con delicadeza.

Toda su angustia, su fragilidad, esa lucha constante entre querer rendirse y seguir aferrada a vivir, él podía verla claramente.

La compasión lo llenó por completo.

—Bego, ya déjalo de amar —susurró, conmovido—. No te sigas lastimando.

Lo único que quería era protegerla, tenerla entre sus brazos, evitar que alguien más le hiciera daño.

Begoña se encontró con la mirada preocupada de Álvaro. Sabía que en cuatro días desaparecería para siempre; su vida ya no estaría enlazada ni a Mariano ni a Álvaro.

Recordó cómo, cuando ella desapareció, Mariano fue a hacer un escándalo en el instituto. No quería que, tras su partida, Mariano fuera a buscar problemas con Álvaro. Ahora era el mejor momento para dejar las cosas claras.

—Álvaro, él es mi esposo. Por favor, ya no hables mal de él. Llévame de regreso a casa, ¿sí?

—El sistema de seguridad ya lo terminé. Aurora puede encargarse de lo que falta. Mejor que no volvamos a vernos.

Álvaro la miró, impotente ante el sufrimiento que le causaba ese matrimonio. Por más que se esforzara, nunca podría alcanzar a Mariano, y esa certeza le destrozaba el alma.

—Está bien, yo te llevo.

...

Al regresar a la casa, todo el mundo andaba disperso: unos ya se habían ido, otros estaban ebrios.

Nadie se percató de su ausencia, ni siquiera los guardaespaldas.

Begoña subió al segundo piso, directo al cuarto de Agustín.

Dolores le hizo un gesto de saludo.

—Señora, el señor Agustín ya se quedó dormido.

Begoña se sentó junto a la cama y tomó la manita de su hijo.

En comparación con Joaquín, Agustín resultaba mucho más travieso e inquieto; hacerla enojar era cosa de todos los días.

Pero al final seguía siendo su hijo.

Dolores la observó y, tras un momento de duda, se animó a hablar.

—Señora, ya terminó mi periodo de prueba. El señor Agustín no está contento conmigo, ¿podría ayudarme a interceder por mí?

Begoña dejó a un lado el dolor de su pecho.

—No te preocupes, aquí aún falta mucho para que un niño mande sobre todos.

—A partir de ahora, quédate cerca de él y cuídalo por mí —le sonrió con una dulzura que solo una madre puede tener.

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