Álvaro manejaba el carro llevando a Joaquín rumbo al aeropuerto.
—Joaquín, ¿te gustaría tener una hermana o un hermano?
Al recordar a Begoña, con su panzota esperándolos en la entrada de la base, no podía evitar la emoción, como si el que estuviera a punto de convertirse en papá fuera él mismo.
—Hermana —respondió Joaquín obediente, sacando una muñeca de su mochila.
—Sí, una hermana estaría bien, como tu mamá, que es tan bonita y tan dulce —cada vez que Álvaro mencionaba “tu mamá”, sentía un brinco en el corazón, como si Bego fuera su esposa de verdad.
—¡Papá…!
De pronto Joaquín abrió los ojos como platos y gritó hacia adelante.
Álvaro volvió en sí apenas a tiempo para ver que un tráiler se les venía encima.
Giró el volante con todas sus fuerzas y pisó el freno a fondo; el frente del carro se estampó contra la valla de contención y las bolsas de aire explotaron de golpe. El impacto fue tan brutal que Álvaro perdió el conocimiento en ese instante.
...
Cuando despertó, estaba acostado en una habitación desconocida.
La voz de Joaquín, inocente y entrecortada, se filtraba desde afuera.
—¿Dónde está tu mamá?
—Mi mamá vive en una casa muy bonita, enorme.
—¿Y quién más vive ahí?
—Hay muchos señores y señoras.
—¿Y estos juguetes y ropa para quién son?
—Para mi mamá...
—¡Joaquín! —el dolor de cabeza de Álvaro era insoportable, pero se esforzó por levantarse, salió y detuvo la conversación antes de que Joaquín dijera algo más.
Joaquín, al ver que su papá había despertado, corrió a abrazarlo con una sonrisa de oreja a oreja.
Álvaro, molesto, le arrebató el caramelo que tenía en la mano y lo tiró directo al basurero.
—¿No te he dicho que no debes aceptar dulces de extraños? Y tampoco deberías andar platicando con desconocidos.
—¡Papá! —Joaquín, regañado, puso cara de tristeza y, mirando el dulce perdido, murmuró bajito—: El señor es el papá de Agustín, y él fue quien te ayudó.
Había escuchado que Mariano había mandado a sus propios hijos a un orfanato. Un tipo así era capaz de cualquier cosa, y el peligro para Joaquín era real.
—Ve, pero acuérdate: no digas nada de más y no aceptes nada de nadie —le advirtió Álvaro. Joaquín, obediente, tomó la mano del guardia y salió del cuarto.
La puerta se cerró y el silencio se apoderó del lugar.
—¡Entrégame a mi esposa! —los ojos oscuros de Mariano destilaban una amenaza latente, su voz era un cuchillo en la penumbra.
—Ya te dije que aunque supiera algo, no te lo diría.
—No solo lo sabes, la tienes escondida y hasta lograste que se embarazara de ti —Mariano, fuera de sí, tiró con furia todos los artículos de bebé de la mesa; los objetos rodaron hasta los pies de Álvaro.
Solo de imaginar a Bego embarazada de otro, la rabia de Mariano lo desbordó. La sangre se le agolpó en la cabeza y terminó escupiendo un chorro de sangre, pero se limpió sin darle importancia.
Álvaro lo encaró.
—Entre Bego y yo no hay nada, te lo juro.
—No somos como tú. Luces decente, pero por dentro eres un monstruo, sin vergüenza, sin moral. Teniendo a una mujer tan buena como Bego, y aun así te atreviste a traicionarla, a tener una hija fuera del matrimonio.
—¿Todavía quieres que Bego críe a tu hija bastarda? ¿De verdad tienes cara? —Álvaro, indignado, lo agarró de la camisa y lo empujó con fuerza.

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