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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 214

Ante la llegada de Mariano, Begoña mantuvo una expresión impasible, y su voz sonó aún más cortante.

—No lo conozco.

En ese instante, el corazón de Mariano se fue al abismo. No apartó la mirada del rostro de Begoña, buscando alguna señal de vacilación.

Jamás imaginó que llegarían a este punto.

Begoña negó conocerlo y Mariano tampoco lo desmintió, así que los presentes aceptaron esa mentira como si en realidad fueran dos extraños que nunca se habían cruzado.

La belleza de Begoña era innegable; cualquier hombre que la viera por primera vez se detendría a mirarla. Por eso, nadie le dio importancia al hecho de que Mariano la observara tan fijo, incluso si su actitud resultaba un tanto descortés.

Al fin y al cabo, el propio Simón, su prometido, solo le dirigió una mirada a Mariano, sin ninguna otra reacción.

—No pensé que el amigo del que hablaba Beti resultara ser tú. Tú nunca aceptas invitaciones de amigas. Por cierto, tu esposa… —quien hablaba era Felipe, el tío de Simón, apenas unos años mayor que ellos.

Al notar el semblante sombrío de Mariano, Felipe hizo una pausa, como si acabara de recordar algo importante.

—Pensé que seguirías desaparecido por un buen tiempo… Qué bueno que hayas decidido volver a salir.

Felipe se levantó para hacer las presentaciones.

—Déjenme presentarles. Este es el señor Mariano, el hombre más acaudalado de Nueva Almería. Tenemos algunos negocios juntos en el extranjero.

Felipe ordenó a los empleados que prepararan un lugar para Mariano, sentándolo justo a su lado, dejando claro el respeto que le tenía.

—Así que es el señor Mariano… Por favor, tome asiento —agregó la matriarca de la familia Prieto.

Las noticias sobre el hombre más rico de Nueva Almería ya habían llegado de una forma u otra a oídos de los Prieto. Todos sabían que era alguien de sentimientos profundos.

Mariano asintió con una ligera inclinación, y se sentó en el lugar asignado. Justo enfrente tenía a Simón y a Begoña, quienes estaban tomados de la mano. Aquella imagen le caló tan hondo que ni siquiera su autocontrol logró protegerlo del dolor que le provocó.

La mesa los separaba, pero Mariano no apartó la mirada de Begoña ni un segundo. Parecía temer que si dejaba de mirarla, ella se desvanecería ante sus ojos.

Por su parte, Begoña mantenía un aire sereno. De vez en cuando platicaba con Simón o respondía las preguntas de los Prieto.

—Está bien.

Ella aceptó y siguió a la empleada, mientras dos agentes vestidos de civil la escoltaban. Para Mariano, eso significaba que no tenía oportunidad de acercarse a ella.

La escena de cercanía entre Begoña y Simón lo había puesto furioso, así que fue directo hacia Simón.

Los agentes lo detuvieron enseguida.

Simón levantó la mirada con calma y, con un simple gesto, los agentes se apartaron.

—Nunca firmé los papeles del divorcio. Begoña sigue siendo mi esposa —espetó Mariano, con una mirada dura—. Ustedes no pueden casarse.

Simón lo observó, pero no pronunció palabra.

El silencio de Simón era como un muro. Mariano sintió que sus palabras se perdían en el aire, que sus golpes no hacían ni el menor eco. La serenidad y frialdad de Simón lo desesperaban, así que insistió:

—He estado con ella diez años. La vi crecer, la acompañé, la ayudé a transformarse de una adolescente insegura en una mujer llena de confianza. Yo formo parte de su vida, solo está molesta… pero va a volver conmigo, estoy seguro.

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