Luisa se estremeció de pies a cabeza y soltó sin pensar: "¿Cómo lo sabes?".
Todos los presentes palidecieron al instante.
Elba se abalanzó sobre ella sin poder creerlo. "Mamá, ¿cómo es posible? ¿Cómo que tienes cáncer?".
El elegante rostro de Luisa perdió su brillo, y toda su arrogancia se desvaneció.
"Me hicieron los estudios el mes pasado. Los resultados indicaron que ya estaba en etapa terminal. He contactado a los mejores especialistas del país, pero las probabilidades de curarme... son casi nulas".
Precisamente por eso, quería asegurar todo lo posible para Elba dentro de la familia Soler antes de morir.
Antes, aunque Yara Soler era brillante, al fin y al cabo no llevaba la sangre de los Soler. La única joven heredera biológica de la familia era Elba. Luisa sentía que Yara no tenía derecho a quitarle nada a su hija.
¡Pero ahora, Roxana había vuelto! ¡Y era la adoración que su hermano y su cuñada habían extrañado durante veinte años!
¡Iban a darle todo a ella!
Marina fue la primera en hablar. "Luisa, no te angusties todavía. Si en el país no se puede, buscaremos en el extranjero. Te ayudaré a contactar a Robin Wilson; es el mejor oncólogo del mundo en cáncer de mama, tal vez él tenga un tratamiento".
"¿Robin Wilson?", Roxana negó con la cabeza. "Él no podrá curarla".
"El señor Robin es la máxima autoridad mundial en este tema. Si ni siquiera él puede curarla, ¿estás diciendo que mi tía no tiene salvación, Roxana?", intervino Yara, bajando las escaleras en ese momento.
Su comentario no parecía malintencionado, pero Elba estalló en cólera y le gritó a Roxana: "¡Pequeña zorra, lo haces a propósito! ¡Estás maldiciendo a mi mamá!".
El rostro de Marina se endureció de inmediato, y Rafael también frunció el ceño.
Hubo un instante de silencio sepulcral en la sala.
Elba fue la primera en explotar, pero tras notar la furia contenida de Marina y Rafael, tuvo que moderar su tono. Apretando los dientes, masculló: "Roxana, ¡qué buena eres para inventar cuentos!".
¿Ella autoproclamándose una curandera milagrosa? ¿Por qué no presumía de tener un Premio Nobel de una vez?
A Luisa también le pareció un disparate total, y su rostro se retorció de frustración.
Sin darle importancia, Roxana se dio la vuelta y subió las escaleras. Marina, pensando que su hija se sentía humillada, fue tras ella de inmediato.
En la sala, Yara se acercó a Elba y le murmuró en tono conciliador: "A la edad de Roxana, el orgullo es muy importante. Quizá inventó algo tan loco solo para que no la menosprecien".
"Yara, tú tienes casi su misma edad y no andas inventando estupideces", replicó Elba con asco. "Para mí, lo que pasa es que tiene miedo de que la opaques, así que inventa esta fachada de niña prodigio para llamar la atención. ¡Qué asco me da!".

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