En el segundo piso de la casa de subastas del distrito central.
Dentro de una habitación secreta empapada en un repugnante olor a sangre, un hombre amarrado de las extremidades a una cama de hierro gritaba, retorciéndose con el rostro deformado por la agonía.
Un individuo con bata médica sacó ágilmente una jeringa y le inyectó una sustancia.
—¡Jefe, todo el contenido fue inyectado!
En el fondo de la habitación observaban dos figuras.
El de enfrente, un tipo corpulento, de facciones toscas y con una cicatriz que le partía la ceja, era Don Claudio, el líder de la Secta del Loto Carmesí.
Detrás de él estaba un hombre demacrado, esquelético y con el rostro cubierto a medias.
Al escuchar el aviso, el hombre esquelético avanzó al lado de Claudio y murmuró:
—Don Claudio, pronto comprobará que no le he mentido.
Tal como lo prometió, los alaridos del hombre atado a la cama cesaron casi al instante, y sus facciones dejaron de torcerse para adquirir una pasmosa quietud.
Al segundo siguiente, el hombre enmascarado se acercó a la cama y preguntó con voz áspera:
—Dime, ¿quién eres? ¿De dónde vienes?
El sujeto amarrado abrió los ojos de golpe, pero su mirada estaba vacía, sin enfoque. Su voz sonó rígida, robótica.
—Me llamo Simón. Soy de la Región de los Tres Oros, vivo en la Calle Norte, número 8...
Tras escuchar la respuesta, el enmascarado giró hacia un complacido Claudio con una sonrisa macabra.
La ceja partida de Claudio se relajó y estalló en una carcajada.
—Hernán, sabía que no me equivocaba al confiar en ti. El Virus M6 que soltaste antes ya me había dejado impresionado, ¡pero no imaginé que también pudieras crear una droga capaz de volver a un hombre común en tu marioneta! Definitivamente, valió la pena mantenerte escondido aquí. Para esta movida he apostado fuerte, incluso saqué los tallos de Hierba Ígnea de Sangre que había atesorado por años solo para asegurarme de que la Alianza Ígnea y el Gremio Lobo Sangriento mordieran el anzuelo. ¡Más te vale que el resto del plan no me decepcione!
Hernán notó la amenaza de muerte oculta en las palabras de Claudio, y una sonrisa despiadada asomó en su rostro cadavérico.
—Esta vez, no les daré la más mínima oportunidad de contraatacar. Tengo todo calculado. ¡En el instante en que pisen esta casa de subastas, no saldrán vivos! Y descuide, aparte de la cabeza del líder de la Alianza Ígnea, ¡no pediré nada más!
Hernán aún recordaba cuando él mismo era uno de los grandes capos de la Región de los Tres Oros, viviendo en la cima. Nunca se imaginó que perdería su imperio a manos de una facción emergente como la Alianza Ígnea.
Aunque logró escapar con vida, su existencia se había convertido en un infierno.
Por eso, decidió ofrecerle su lealtad a Claudio.


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