—Sí, sí, tienes razón, debería estar feliz —dijo Marina secándose las lágrimas. Luego, se quitó un hermoso collar de jade rojo que llevaba en el cuello y se lo puso a Roxana.
—Roxana, bienvenida a casa. ¡Este es el regalo de bienvenida de mamá!
Yara, que había estado a un lado observando la conmovedora reunión familiar, sintió cómo su rostro se desfiguraba.
Al ver que Marina le entregaba el jade rojo, una joya ancestral de la familia, apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas.
Durante toda su infancia, ¿cuántas veces le había pedido ese collar con cariño? ¿Y qué le había respondido Marina siempre?
"Yara, este fue el único recuerdo que me dejó tu abuela; no puedo dártelo".
¡Ja! ¿A ella no se lo podía dar, pero a Roxana sí?
Sin embargo, a pesar de todo el rencor que la invadía, Yara mantuvo su dulce sonrisa de siempre. —Papá, mamá, el viaje debió haber sido agotador para mi hermana. Dejemos que pase a descansar.
—¡Sí, sí! ¡Roxana, entra, por favor! ¿Tienes hambre? ¡Ahorita le digo a la cocinera que sirva la comida!
Marina se recompuso y agarró la mano de Roxana con firmeza, guiándola hacia la mansión.
Roxana miró de reojo a Yara, quien le devolvió una sonrisa sumamente amable.
Marina hizo las presentaciones: —Roxana, ella es la hija que adoptamos tu padre y yo. Se llama Yara.
—Mis papás me dijeron que soy apenas unos días mayor que tú. ¿Te molesta si te llamo Roxana? —ofreció Yara con amabilidad.
Roxana vio en ella un claro reflejo de Alcira Maldonado.
—¿Como prefieras? —respondió, esbozando una pequeña sonrisa.
Una vez sentados en el lujoso comedor, Marina no le quitó los ojos de encima a Roxana y se la pasó sirviéndole comida en el plato.
Mientras tanto, Rafael le hacía preguntas ocasionales sobre cómo había sido su vida.
Roxana le respondía de forma breve pero sincera.
Desde que cruzó la puerta de la residencia, se dio cuenta de que toda la información que los Maldonado habían recabado sobre la familia Soler era una absoluta patraña.
La familia Soler había logrado salir de la pobreza gracias a la educación; de hecho, su abuelo había sido una figura que hizo grandes aportes al país.
Aunque su padre y él se habían dedicado de lleno a los negocios, los Soler siempre habían puesto un gran peso en la preparación académica.
Él no tenía problemas con que su verdadera hija no tuviera un título, pero, viniendo de una familia como la suya, una persona que abandonaba una escuela técnica iba a ser objeto de burlas en los círculos de la alta sociedad.
Rafael intercambió una mirada con su esposa, y de inmediato supieron lo que el otro estaba pensando.
Marina le agarró la mano a Roxana con pena. A decir verdad, ella acababa de recuperar a su hija, y le partía el alma tener que enviarla a un internado.
Sin embargo, los padres debían pensar a futuro por el bienestar de sus hijos. A largo plazo, el que Roxana no terminara de estudiar le perjudicaría bastante.
—Roxana, ¿qué opinas? ¿Te gustaría ir a la Universidad del Sur?
Sinceramente, no se moría de ganas.
Roxana estaba a punto de rechazar la oferta, pero cuando vio la expresión esperanzada de Marina, terminó cediendo sin querer: —Me da igual.

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