Rafael y Marina suspiraron con alivio. Su Roxana de verdad era una buena chica.
Después de la cena, el mayordomo trajo una mesa y la instaló junto con la Cítara Fénix.
Yara se levantó y se dirigió a lavarse las manos.
Rodrigo se inclinó hacia Roxana y le explicó en voz baja: —Tu mamá sufre del estómago. Yara escuchó que escuchar música después de comer le hacía bien, así que contrató al maestro para que le enseñara a tocar la cítara. Siempre que está en casa le toca a tu madre, y curiosamente, cada vez que termina, mi tía se siente mucho mejor.
—La música tiene propiedades terapéuticas; según la medicina natural, puede equilibrar la energía y calmar los nervios —dijo Roxana. Y sin previo aviso, le tomó el pulso a Marina tomándole la muñeca.
Marina soltó una risita al ver eso. —Roxana, ¿acaso sabes de remedios caseros?
—He aprendido un par de cosas —respondió ella de forma vaga.
Tras unos segundos, le soltó el brazo. —Al rato te anoto una receta a base de hierbas. Si sigues el tratamiento por un tiempo, tu malestar estomacal desaparecerá por completo.
Sin cuestionarla en lo absoluto, Marina la miró con profundo cariño y le acarició la cabeza. —¡Mi Roxana es muy inteligente!
Roxana había recibido infinitos halagos en su vida y jamás se había conmovido, pero en ese momento, sintió una chispa de orgullo en su interior que la hizo esbozar una pequeña sonrisa.
Rodrigo tiró de la manga de Roxana para susurrarle: —Oye, no le puedes dar remedios inventados a lo loco. A mi tía la han visto los mejores doctores del país, y todos dicen que solo se puede tratar con dieta y cuidados; no hay una cura milagrosa...
Roxana le dirigió una mirada cortante. —¿No me crees?
Rodrigo rio, nervioso.
¿Cómo iba a creerle?
Por lo que decía el reporte de investigación, lo más amable que se podía decir de ella era que no le gustaba la escuela, y, para ser crueles, que era una completa inútil. ¿En serio iba a creer que podía curar la enfermedad crónica de su tía con pura habladuría?
Justo cuando estaba por advertirle más, Yara regresó y se sentó elegantemente frente a la Cítara Fénix.
—Si no sabes tocar, ¡yo te enseño! Te aseguro que no es nada difícil. Estoy segurísima de que le agarrarás la onda súper rápido. Además... supongo que tú también quieres hacer feliz a mamá, ¿no?
Al notar que Yara tenía los ojos enrojecidos de la angustia, Rodrigo se apresuró a consolarla. —Tranquila, Yara, no todos tienen tu mismo talento. Has tomado clases por menos de un año y hasta el maestro te aplaude. Aunque quisieras que Roxana le tocara algo a mi tía, deberías haberle dado tiempo para aprender primero.
Rafael observó el rostro inexpresivo de Roxana y suspiró interiormente. —Todos sabemos que no lo hiciste con mala intención. No te preocupes por eso.
Marina, por su parte, le lanzó a Yara una mirada intensa y guardó silencio.
—¡Ay, no digas eso, Rodrigo! No es que yo sea un prodigio, solo que llevo más tiempo practicando —replicó Yara con falso pudor.
Luego, miró tímidamente a Roxana. —Roxana, si te esfuerzas, ¡seguro que lograrás aprender a tocar!
A Roxana le pareció todo tan ridículo. ¿Por qué en todas partes se topaba con mujeres igual de calculadoras que Alcira?
Giró la cabeza hacia Marina y preguntó: —No domino muchas piezas de los estilos tradicionales, ¿te gustaría que toque algo con una técnica más antigua?

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