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La esposa de Blackwood romance Capítulo 10

Me quedé mirando el techo en la penumbra. Las luces de la ciudad se filtraban a través de las cortinas entreabiertas, dibujando líneas suaves y plateadas en el techo alto. Intenté cerrar los ojos de nuevo, pero cada vez que lo hacía, mi mente daba vueltas como un carrusel descontrolado. El colchón era perfecto, demasiado perfecto. Las sábanas tan suaves que sentía que me hundía en ellas, pero mi cuerpo no se relajaba. Era como si cada músculo recordara que estaba en un lugar extraño, en una cama extraña, al lado de un hombre que apenas conocía y que ahora era mi esposo por contrato.

Me moví. Primero solo un poco, giré la cabeza hacia la ventana. Luego me acomodé de lado, abrazando la almohada. Luego volví a boca arriba. Levanté una rodilla, la bajé. Cambié el brazo de posición. El roce de la sábana contra mi piel sonaba amplificado en el silencio. Cada movimiento hacía que el colchón se moviera ligeramente, un leve oleaje que llegaba hasta su lado.

Pasaron minutos. Tal vez diez, tal vez veinte. No podía saberlo sin mirar el reloj, y no quería encender la luz.

De pronto, un suspiro profundo y controlado salió de su lado de la cama.

—Chloe —dijo en voz baja, ronca por el sueño que aún no había llegado del todo—. Deja de moverte.

Me congelé. Sentí el calor subir a mis mejillas, aunque la oscuridad lo escondía.

—Lo siento —murmuré—. No lo hago a propósito.

Otro silencio. Luego, él se giró un poco hacia mí. No lo vi, pero sentí el cambio en el colchón, el aire que se movía.

—¿No puedes dormir? —preguntó, sin rastro de irritación, solo curiosidad seca.

Tragué saliva.

—Me cuesta… la primera semana en un lugar desconocido —admití en voz muy baja, como si confesar eso fuera una debilidad—. Siempre ha sido así. Desde niña. Cambio de casa, de ciudad, de cama… y mi cuerpo entra en alerta. No sé apagarlo.

Hubo una pausa. Luego, algo que no esperaba: una risa baja, casi inaudible, pero genuina. No era burla. Era… diversión contenida.

—¿La primera semana? —repitió, como si la idea le pareciera absurda y encantadora al mismo tiempo—. Entonces solo por hoy te lo paso. Pero si mañana sigues moviéndote como un pez fuera del agua, te ato a la cama. Literalmente. Tengo corbatas que sirven perfectamente para eso.

Mi corazón dio un salto ridículo. No sabía si era por la amenaza juguetona o por el tono casi cariñoso que había usado sin darse cuenta.

—No serías capaz —susurré, intentando sonar desafiante, pero salió más como una pregunta.

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