No me moví. No podía. Una parte de mí quería apartarse, recuperar el espacio, poner distancia y fingir que esto no estaba pasando. Pero otra parte, más traicionera, más honesta, se quedó quieta, absorbiendo la sensación. Era… reconfortante. Demasiado. El peso de su brazo me anclaba, su respiración me arrullaba de nuevo, y por un segundo absurdo me permití imaginar que esto no era un contrato, que no era una farsa. Que simplemente éramos dos personas que, en la oscuridad de las cinco de la mañana, habían encontrado refugio el uno en el otro.
Entonces él gruñó, un sonido bajo y somnoliento que vibró contra mi espalda.
—Apágala —murmuró, la voz ronca y espesa por el sueño, sin abrir los ojos—. Hoy no vamos a la oficina.
Y antes de que pudiera responder, su brazo se apretó un poco más alrededor de mi cintura, como si quisiera asegurarse de que no me escapara. Hundió la cara en mi pelo, inhaló profundo y se relajó de nuevo, volviendo a dormirse en cuestión de segundos. Sin soltarme. Sin dudarlo.
Me quedé allí, con la alarma ya silenciada en mi mano temblorosa, el teléfono olvidado sobre la mesita, y el pulso acelerado latiéndome en los oídos. El mundo afuera seguía oscuro. Y yo, por primera vez desde que había llegado a esta casa, no sentí ganas de huir. Solo… me quedé. Enredada en él. Sorprendida. Confundida. Y, aunque no lo admitiría ni a mí misma en voz alta, un poco menos sola.
Me quedé quieta, con el corazón latiendo fuerte. La alarma seguía sonando, pero ahora parecía lejano. Mi mano temblaba un poco cuando por fin alcancé el teléfono y lo silencié. La habitación volvió al silencio.
No me moví. No podía. Su brazo era como una barra de hierro suave, cálida, inamovible. Su calor se filtraba a través de la pijama fina, se colaba por cada poro de mi piel y se instalaba en lugares que no sabía que estaban fríos hasta ese momento. La alarma ya estaba apagada, pero el eco de su pitido seguía zumbando en mis oídos, o tal vez era solo mi propia sangre circulando demasiado rápido.
Intenté respirar despacio. Contar. Uno, dos, tres. Pero cada inspiración hacía que mi espalda se apretara más contra su pecho, y cada espiración parecía empujarme hacia atrás, hacia él, como si mi cuerpo hubiera decidido traicionarme por completo.
Sebastián no se movió más. Seguía profundamente dormido, la respiración pesada y constante contra mi nuca. Cada exhalación era una caricia tibia que me erizaba la piel del cuello y bajaba en oleadas hasta la base de la columna. Su mano abierta sobre mi estómago no se había cerrado en puño ni se había retirado; simplemente descansaba allí, posesiva sin esfuerzo, como si mi cintura hubiera sido diseñada para encajar exactamente en esa curva de sus dedos.
Cerré los ojos con fuerza. No pienses. No analices. Solo… quédate quieta hasta que se despierte y se dé cuenta. Hasta que se aparte horrorizado y finja que nada pasó.
Pero los minutos pasaban y él no se apartaba. Al contrario. En algún momento, su pierna se deslizó un poco más entre las mías, un movimiento lento, inconsciente, que hizo que todo mi cuerpo se tensara de golpe. No era sexual, no del todo. Era… íntimo. Demasiado íntimo para dos personas que se habían prometido no cruzar líneas. Que se habían jurado mantener esto frío, profesional, contractual.
Sin embargo, mi mano derecha, la traidora, se movió sola. Subió despacio hasta posarse sobre la de él, no para apartarla, sino para… cubrirla. Mis dedos se deslizaron entrelos suyos, apenas rozando, como si temiera despertarlo.
Su piel estaba caliente. Más caliente de lo que esperaba. Y áspera en los nudillos, suave en las yemas. Sentí el pulso lento y fuerte bajo su muñeca y, sin querer, mis dedos se apretaron un poco más.
Un suspiro escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo.

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