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La esposa de Blackwood romance Capítulo 9

Sebastián no se inmutó. No apartó la mirada.

—No voy a forzarte a nada —dijo con voz baja—. Pero si vamos a vender esto, tiene que haber intimidad. Toques. Besos que no parezcan ensayados. Caricias que no se detengan en la puerta de la habitación. Si mi abuelo nos ve fríos, distantes, incómodos… sabrá que es mentira. Así que sí, Chloe. Va a haber momentos en los que tengamos que cruzar líneas. No porque yo lo quiera. Porque él nos obliga. Y porque los dos queremos salir de esto con algo que valga la pena.

El silencio se estiró entre nosotros, pesado, cargado de posibilidades que ninguno quería nombrar todavía.

Al final, asentí. Una sola vez. Lenta. Definitiva.

—Está bien —susurré—. Pero si alguna vez cruzamos una línea que no queremos cruzar… me lo dices antes. Y yo te lo digo a ti. No más sorpresas. No más “esto es parte del trato” sin hablarlo.

Él inclinó la cabeza, aceptando.

—Trato hecho.

Extendió la mano. La misma mano que había cubierto la mía en la mesa de la cena, la que me había guiado hacia esta habitación. La tomé. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos, firmes, cálidos. No era romántico. Era un pacto.

Me soltó y señaló el pasillo hacia su habitación, ahora “nuestra habitación”.

—Duerme conmigo esta noche. Mañana empezamos a reorganizar todo. La ropa. Los armarios. La vida.

Asentí de nuevo, incapaz de decir nada más.

Cuando entramos en la habitación, la cama king size parecía enorme y al mismo tiempo demasiado pequeña.

Sebastián encendió la luz tenue de las lámparas laterales, solo lo suficiente para que la habitación no quedara a oscuras. El espacio era impecable, paredes en tonos grises profundos, muebles de madera oscura y líneas rectas, todo ordenado con una precisión casi militar. Ni una arruga en la colcha, ni un libro fuera de lugar en la mesita de noche. Parecía una suite de hotel de lujo más que un dormitorio vivido.

—Ven —dijo él, caminando hacia el vestidor sin esperar a que yo respondiera.

Lo seguí. El vestidor era más grande que mi antiguo salón. Dos paredes enteras cubiertas de estanterías y cajones, ropa colgada por colores y tipos, zapatos alineados como soldados. En el centro, una isla de mármol con un espejo enorme.

Sebastián abrió uno de los paneles correderos.

—Aquí va tu ropa. Todo lo que traigas mañana se coloca aquí. —Señaló la mitad izquierda del armario, que estaba vacía—. Nada de perchas mixtas ni cajones compartidos todavía. Mañana lo organizamos bien. —Hizo una pausa y me miró directo—. Pero mantén todo ordenado, Chloe. No me gusta el desorden. Ni un calcetín fuera de su sitio. Ni una camiseta doblada mal. Si vamos a compartir espacio, que sea funcional.

Asentí en silencio. No era una petición. Era una regla.

Siguió moviéndose por el vestidor como si estuviera dando un tour de inspección.

—Mis trajes aquí. Camisas por tono, de claro a oscuro. Corbata en este cajón, separadas por color y textura. Zapatos debajo, siempre limpios. —Abrió otro panel—. Perfumes y relojes en esta vitrina. No toques nada sin preguntarme, al menos al principio. —Se giró hacia mí—. El baño está al fondo. Toallas nuevas en el armario de la derecha. Productos básicos ya están, pero mañana traes los tuyos. Nada de dejar botes abiertos o maquillaje regado por la encimera. ¿Entendido?

—Entendido —murmuré. Mi voz sonaba pequeña en ese espacio tan perfecto.

Sebastián cerró el panel y salió del vestidor. Yo lo seguí de nuevo hasta la habitación principal.

—Tus cosas están en la maleta está en la habitación que te habían asignado al principio. La de invitados. —Señaló hacia el pasillo—. Puedes ir a ducharte allí si quieres. Hay toallas limpias y todo lo necesario. Yo me quedo aquí.

Me quedé quieta un segundo, procesando.

—Gracias —dije al fin, porque no sabía qué más decir.

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