El silencio después de que se cerrara la puerta del despacho fue absoluto. Ni un ruido de teclas, ni un suspiro, nada. Solo el zumbido del aire acondicionado y el tic-tac lejano del reloj de pared en el salón. Eran las doce y media del mediodía. El sol entraba a raudales por los ventanales, iluminando el polvo que flotaba en el aire como si fuera oro en suspensión.
Me quedé un rato en el pasillo, mirando esa puerta cerrada como si pudiera atravesarla con la mirada. Luego suspiré y me dirigí al salón. Me senté en el sofá, crucé las piernas, las descrucé. Intenté concentrarme en algo, cualquier cosa. Quise dibujar, pero me di cuenta de que no tenía ganas de hacerlo en el sofá, rodeada de cojines perfectos y muebles caros que no parecían míos. No había un rincón en esta casa que sintiera como mío para dejar manchas de grafito o arrugar hojas. Todo estaba demasiado ordenado. Demasiado suyo.
No tenía hambre, aunque era la hora de comer. El estómago estaba cerrado, como si hubiera tragado una piedra. Me aburrí. De repente, el ático me pareció enorme y vacío. Demasiado silencio. Demasiado espacio sin ruido.
El encierro me estaba volviendo loca, así que decidí salir.
Solo cogí las llaves del cuenco de la entrada y salí.
El portero me saludó con su habitual “buenos tardes, señora”, cuando bajé del ascensor. El mediodía de febrero era fresco pero soleado, de esos días en que el aire huele a asfalto caliente y a café de las terrazas cercanas. Caminé sin rumbo. Pasé por delante de varias cafeterías con mesas afuera, gente comiendo ensaladas y hablando alto. Seguí andando hasta que llegué a una pequeña plaza con bancos de madera y un quiosco que vendía café para llevar. Pedí un americano mediano, sin azúcar, y me senté en uno de los bancos. El sol me calentaba la cara. Cerré los ojos un momento. Respiré.
Pensé en la forma en que Sebastián había huido de mi pregunta. “Lo de tu padre que todos mencionan”. No era curiosidad morbosa. Era necesidad. Si íbamos a convivir, aunque fuera temporal, aunque fuera un contrato con fecha de caducidad, necesitaba saber con quién compartía techo. Pero él había elegido el despacho. Otra vez.
El café estaba bueno. Me lo bebí despacio, mirando a la gente pasar, nadie me conocía. Nadie esperaba nada de mí. Fue un alivio.
Pasaron casi dos horas. El sol se había movido un poco, el banco ya no estaba tan caliente. Me levanté, tiré el vaso vacío y empecé a volver caminando. Más despacio que a la ida. Cuando llegué al portal eran casi las tres de la tarde.
Subí en el ascensor. Abrí la puerta del ático.

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