El Bentley avanzaba por las calles aún casi vacías de la ciudad, con el sol de febrero apenas despuntando y tiñendo todo de un gris suave y frío. Sebastián conducía con esa precisión suya de siempre: una mano en el volante, la otra en la palanca de cambios, rozando apenas mis nudillos cada vez que cambiaba de marcha. No era intencional... o quizás sí. Con él, nunca se sabía.
Yo miraba por la ventanilla, fingiendo interés en los semáforos y los pocos coches madrugadores, pero mi mente seguía dando vueltas a lo de anoche: la ducha, la toalla baja en sus caderas, su risa ronca al decirme que estaba "buenísima". El calor me subía a las mejillas solo de recordarlo.
—¿Nerviosa? —preguntó de pronto, rompiendo el silencio sin apartar la vista del camino.
Fruncí el ceño y lo miré de reojo.
—¿Por qué iba a estarlo?
Él soltó una risa baja, corta, esa que usaba cuando me pillaba en una mentira a medio camino.
—Porque vas a llegar en el mismo auto que tu jefe. El mismo que ha sido tu jefe durante tres años. El que nunca ha llegado contigo a la oficina. El que siempre te ha tenido esperando su café a las siete en punto como si fueras un reloj suizo. Ahora entras con él... y con un anillo en el dedo que no pasa desapercibido.
Tragué saliva. Tenía razón. El parking subterráneo exclusivo, el ascensor privado hasta el piso 45... todo eso era territorio suyo. Y yo, que siempre había llegado temprano sola, en metro o caminando, ahora estaba aquí, sentada en su coche como si fuera lo más normal del mundo.
—No sé si estoy lista para que alguien lo vea —admití en voz baja.
Sebastián no respondió de inmediato. Solo giró hacia la rampa del parking subterráneo de Blackwood Tech. El guardia levantó la barrera con un saludo rápido y sin preguntas. Estacionó en su plaza reservada y apagó el motor.
El silencio se hizo denso. Nadie más había llegado aún; eran apenas las 6:45. El piso 45 estaría desierto: luces de emergencia, el zumbido del aire acondicionado, el eco de nuestros pasos.
Se giró hacia mí, apoyando un brazo en el respaldo de mi asiento.
—No tienes que entrar de mi mano si no quieres —dijo, voz grave pero sin presión—. Nadie nos va a ver bajar del ascensor juntos si no lo deseas. Puedes llegar a tu escritorio primero, como siempre. Yo entro después.
Asentí despacio, aliviada pero también un poco decepcionada. No sabía por qué.
—Gracias —murmuré.
Salimos del coche. Él caminó a mi lado por el pasillo subterráneo hasta el ascensor privado, pero no me tocó. Ni un roce. Solo presencia, alta, imponente, oliendo a su colonia de madera y cítricos que ya empezaba a asociar con casa.
Subimos en silencio. Las puertas se abrieron en el piso 45. El pasillo estaba vacío, como esperaba. Las luces automáticas se encendieron a nuestro paso, iluminando mi escritorio y la puerta de su oficina al fondo.
Me detuve frente a mi silla. Sebastián se quedó un paso atrás, observándome.
—Café a las siete —dijo simplemente, como si nada hubiera cambiado.
Asentí.
Entró a su oficina sin más. La puerta se cerró con un clic suave.
Me senté. El ordenador tardó en encenderse. Mis manos temblaban un poco mientras abría la agenda del día. Miré el anillo de compromiso y el de boda, dos piezas de oro y diamante que gritaban "esposa de Blackwood". Pesaban más que nunca.
Respiré hondo. Nadie había llegado aún. Nadie me vería.
Con dedos torpes, me quité primero el de compromiso, el diamante solitario que él había deslizado en mi dedo en el Bentley antes de la cena familiar, y luego el de boda, más ancho, con el grabado sutil en el interior que nunca había leído del todo. Los guardé en el bolsillo interior de mi bolso, junto a la tableta gráfica que llevaba semanas sin tocar.
El dedo se sentía extraño, desnudo. Más ligero. Pero también más vacío.
Encendí la máquina de café. Preparé el suyo: negro, sin azúcar, a las 6:58 exactas. Lo llevé a su puerta, llamé suavemente y entré.
Sebastián estaba de pie junto a la ventana, mirando la ciudad que empezaba a despertar. Se giró cuando me vio.
Dejó el informe que tenía en la mano sobre el escritorio y se sentó sin decir nada.
Salí de su oficina y cerré la puerta.
Me senté en mi escritorio. El ascensor sonó, llegaba el primer grupo de empleados. Voces lejanas, tacones en el pasillo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa de Blackwood