Mi corazón dio un vuelco.
—No fue nada —murmuré—. Solo Lucas siendo Lucas.
Sebastián dio un paso hacia mí. No me tocó. Pero la distancia entre nosotros se redujo de golpe.
—No me gusta —repitió, más bajo—. Estamos casados y no quiero habladurías, que la esposa del jefe se ríe y anda cariñosa con uno de marketing.
No supe qué responder.
Solo asentí, porque las palabras se me habían atascado en la garganta.
Él suspiró, se pasó una mano por el pelo y se dio la vuelta hacia la cocina.
—Voy a preparar algo de cena. ¿Tienes hambre?
—Sí —respondí, casi en un susurro.
El caminó a la cocina sin decir nada más.
Me quedé allí un segundo, con los pies clavados en el suelo de mármol, mirando su espalda ancha desaparecer por el pasillo. Luego, sin decir nada, giré sobre mis talones y caminé hacia el otro extremo del penthouse. Hacia la habitación que, el había dicho que era mía.
Cerré la puerta con cuidado. No con fuerza. No quería que pareciera un portazo. Solo un cierre suave, definitivo.
Me quité la chaqueta, la tiré sobre la cama y me senté en la silla. Encendí la tableta. La pantalla se iluminó con un brillo azul frío. Abrí un lienzo nuevo. No pensé. Solo dejé que los dedos se movieran.
Empecé con líneas rápidas. La puerta de la sala de descanso. El marco. Y él allí, apoyado, inmóvil. Los hombros tensos. La mandíbula apretada. Los ojos grises fijos en mí, pero no en mis ojos: en la mano de Lucas que rozaba mi brazo, en la risa que salía de mi boca. Dibujé su expresión con trazos duros, casi furiosos, las cejas ligeramente fruncidas, la línea de la boca recta, los músculos del cuello marcados. No era ira abierta. Era algo más profundo. Celos contenidos. Posesión silenciosa. Celos que no gritaban, pero que quemaban.
El lápiz digital volaba. Sombras bajo los ojos. La luz del pasillo recortando su silueta. La mano en el bolsillo, cerrada en puño invisible. Cada detalle me salía sin esfuerzo, como si hubiera estado guardado todo el día en algún rincón de mi cabeza.
No sé cuánto tiempo pasó. Diez minutos. Veinte. Perdí la noción. Solo el sonido del stylus contra la pantalla y mi respiración acelerada.
—¿Soy yo? —dijo Sebastián sacándome de mi concentración.
Cerré la tableta de golpe. El lienzo desapareció. Me giré en la silla, con el pulso acelerado y las mejillas ardiendo.
—¿No sabes tocar la puerta? —espeté, más fuerte de lo que pretendía.
Él no se movió. Solo me miró. Fijamente. Sin parpadear.
—No pensé que estuvieras… haciendo algo privado —dijo al fin, voz neutra, pero con un matiz que no supe interpretar.
—Pues toca la próxima vez. No soy tu secretaria aquí dentro. Soy… —me detuve, porque no sabía cómo terminar la frase. ¿Su esposa? ¿Su compañera de contrato? ¿Su algo más?
Sebastián inclinó la cabeza apenas un milímetro.
—Entendido —dijo simplemente, sin discutir. —Solo venía a decirte que la cena ya está lista.
Se dio la vuelta para irse y yo me sentí una completa idiota.
Allí estaba yo, con la tableta cerrada de golpe, el corazón latiéndome en los oídos y las mejillas ardiendo de vergüenza. Había descargado en él toda la tensión acumulada del día y lo había hecho gritándole por algo tan tonto como no tocar la puerta.
Y él solo había venido a decirme que la cena estaba lista.
Me quedé sentada un minuto entero, mirando la puerta cerrada como si pudiera abrirse sola y arreglarlo todo. Luego me levanté. Respiré hondo. Me lavé la cara con agua fría en el baño pequeño de la habitación, intentando borrar el calor de la vergüenza.
El pasillo estaba en penumbra. Solo la luz cálida de la cocina se filtraba desde el fondo. Caminé descalza, con el estómago revuelto no por hambre, sino por remordimiento.
Cuando llegué al comedor, me detuve en seco.

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