Los días siguientes se convirtieron en una rutina fría y mecánica, como si alguien hubiera rebobinado la cinta de nuestra convivencia hasta el principio, pero peor, ahora había un vacío que antes no existía.
Por las mañanas, despertaba sola. El pasillo olía a su perfume y era el único rastro de que él había estado aquí.
En el trabajo, tampoco nada cambió, seguíamos con el mismo trato de jefe-empleada.
Por las noches llegaba al penthouse sola. El chofer me dejaba en la entrada y se iba. Subía en el ascensor privado, abría la puerta y encontraba el lugar vacío. Luces apagadas. Cocina limpia. Ningún plato en la mesa. Ninguna nota. Solo el zumbido del aire acondicionado y el eco de mis propios pasos.
Me preparaba algo rápido y comía de pie en la isla de la cocina, mirando la mesa donde él había puesto velas y vino para mí. Luego lavaba el plato, lo guardaba y me iba a la habitación principal. Me metía en la cama del lado izquierdo. Esperaba. Miraba el reloj: 21:30. 22:00. 23:15.
Él llegaba tarde. Siempre después de medianoche. Entraba sin hacer ruido, se duchaba, y se acostaba en su lado sin tocarme y se quedaba de espaldas. Su respiración era lenta, controlada, pero yo sabía que no dormía de inmediato. Lo sentía despierto, igual que yo.
Y así pasaban las noches, dos cuerpos en la misma cama, separados por un metro de sábanas frías y un silencio que pesaba más que cualquier grito.
Al cuarto día, no aguanté más.
Llegué a la oficina antes que él, preparé su café y lo llevé a su despacho. La puerta estaba entreabierta. Entré sin llamar y lo dejé sobre el escritorio.
Él ya estaba allí, de pie junto a la ventana, mirando la ciudad con las manos en los bolsillos.
Se giró cuando me oyó.
—Buenos días —dije, voz temblorosa.
—Buenos días —respondió, sin moverse.
Dejé la taza. Me quedé allí, con las manos apretadas delante de mí.
—Sebastián… —empecé.
Él levantó una mano, gesto mínimo, deteniéndome.
—Ahora no, Chloe. Tengo una llamada en cinco minutos.
Asentí y salí cerrando la puerta.
El nudo en mi garganta se convirtió en una bola de fuego.
Esa tarde, cuando el piso empezó a vaciarse, me quedé hasta tarde. Revisé correos que no eran urgentes. Ordené la agenda de la semana siguiente. Cualquier cosa para no volver al penthouse sola tan pronto.
A las 19:45, su puerta se abrió.
Salió con la chaqueta colgada del brazo, el maletín en la mano.
Me miró desde el umbral de su despacho.
—Vámonos —dijo simplemente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa de Blackwood