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La esposa de Blackwood romance Capítulo 40

El vapor llenaba el baño como una niebla espesa, caliente, que hacía que el espejo se empañara por completo en cuestión de segundos. El agua caía fuerte desde la alcachofa, golpeando mis hombros y bajando por mi espalda en riachuelos que aliviaban un poco la rigidez del collarín. Cerré los ojos y dejé que el chorro me golpeara la cara, intentando lavarme no solo el sudor y el cansancio del día anterior, sino también la vergüenza que todavía me quemaba en las mejillas.

No funcionaba del todo.

Cada vez que cerraba los ojos veía la escena de nuevo, los dedos de Sebastián rozando mi espalda, temblorosos pero precisos, el broche cediendo con un clic suave, su respiración contenida cerca de mi nuca. Había sido tan… íntimo. Demasiado íntimo para dos personas que supuestamente solo fingían ser pareja. Y lo peor, me había gustado. No el dolor, no la torpeza, sino la forma en que él había cuidado cada movimiento, como si yo fuera de cristal. Como si le importara de verdad.

Salí de la ducha envuelta en una toalla grande que apenas cubría lo necesario. El collarín seguía ahí, blanco e inamovible, como un recordatorio constante de que nada era normal en esta casa. Me sequé el pelo lo mejor que pude con una mano, porque la otra sostenía la toalla con fuerza contra el pecho. El espejo seguía empañado; me acerqué y lo limpié con el antebrazo. Mi reflejo me devolvió una cara sonrojada, ojos brillantes, labios entreabiertos por la respiración acelerada.

—Contrólate, Chloe —me dije en voz baja—. Es solo ayuda. Nada más.

Pero cuando abrí la puerta del baño, Sebastián estaba allí. No en el pasillo, no lejos. Sentado en el borde de la cama, como si hubiera estado esperando con ansiedad. Levantó la vista al instante y se puso de pie de un salto.

—¿Todo bien? —preguntó, la voz un poco más alta de lo normal—. ¿El collarín no se mojó? ¿Necesitas que te ayude a… no sé, secarte el pelo o algo?

Me quedé parada en el umbral, con la toalla apretada y el pelo goteando sobre los hombros. El vapor salía detrás de mí como humo, y de pronto el pasillo se sintió ridículamente pequeño.

—Estoy bien —dije, pero mi voz salió más débil de lo que quería—. Solo… necesito ropa limpia. Y… quizás ayuda para ponerme el pijama. O algo cómodo. No puedo levantar los brazos bien.

Él tragó saliva. Visiblemente.

—Claro. Dime qué quieres ponerte.

Fui hasta el armario y señalé un pijama suave de algodón, pantalón holgado y camiseta de manga corta.

—Ese.

Sebastián sacó la ropa con cuidado, como si fuera material radiactivo. La dejó sobre la cama y se giró hacia mí.

—¿Cómo… cómo quieres hacerlo?

Me senté en el borde del colchón, todavía envuelta en la toalla.

—Primero el pantalón. Eso puedo sola. Luego… el brasier y finalmente la camiseta. Pero necesito que me ayudes a pasar los brazos sin tirar del collarín.

Él asintió, serio, aunque las orejas seguían rojas.

—Vale. Tú te pones el pantalón. Yo miro para otro lado.

Se giró hacia la ventana, cruzado de brazos, mirando fijamente la persiana como si fuera la cosa más interesante del mundo. Me quité la toalla con cuidado y me puse el pantalón lo más rápido que pude, aunque cada movimiento era un recordatorio de lo limitado que estaba mi cuerpo. Después me acomodé el brasier solo cuestión que él no cerrara.

—Listo —dije al fin.

Se giró despacio, con los ojos fijos en mi cara, no más abajo.

Me miró un par de veces, frunciendo el ceño, y soltó una risa nerviosa que no llegó a sus ojos.

—Joder, Chloe… ni idea de cómo se pone esto —dijo, corandolo—. Quitarlos se me da de puta madre, pero ¿ponerlos? Ni de coña. ¿Por dónde empiezan estos broches? ¿Por la espalda o por delante? Parece un rompecabezas chino.

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