Ni un “por favor”. Ni un “cuídate”. Solo órdenes disfrazadas de recordatorio.
Pasé el día intentando convencerme de que volver al trabajo era lo mejor. Me duché con cuidado, me quité el collarín por primera vez desde el accidente, el médico había dicho que podía intentarlo en casa si no dolía, y miré mi reflejo en el espejo del baño. La piel estaba irritada en el cuello, había una marca rojiza que parecía un collar permanente. El hematoma en la sien izquierda todavía era violáceo, pero más tenue.
Me senté en el sofá con una taza de té y repasé mentalmente la agenda que ya no manejaba desde hacía cuatro días. Sabía que la bandeja de entrada estaría explotando. Sabía que habría correos sin leer, reuniones reprogramadas, archivos mal nombrados. Y sabía que, en cuanto cruzara la puerta de la oficina, volvería a ser Chloe la eficiente, Chloe la invisible, Chloe la que lo arreglaba todo sin que nadie le diera las gracias.
Esa noche dormí mal. El cuello me dolía menos sin el collarín, pero el pecho seguía apretado. Me desperté varias veces pensando en sus palabras de la noche anterior: “eres mi esposa y yo, más que nadie, quiero y necesito que te recuperes”. Las repetía en mi cabeza como si fueran un acertijo que no lograba resolver. ¿Era preocupación real? ¿O solo la forma más efectiva de asegurarse de que volviera rápido?
A las 6:45 del día siguiente ya estaba en el ascensor del edificio corporativo. Sebastián insisitió en que fuera con él y que desde ahora, ya nadie más que él se encargaría de llevarme a donde quiera que necesitara.
Llegué a mi escritorio y lo encontré limpio, pero desorganizado. Papeles apilados sin orden, post-its pegados en la pantalla del ordenador, una taza con restos de café de quién sabe cuándo. Me senté, encendí el ordenador y empecé a ordenar. Era automático. Era yo.
—¿Segura que estas bien? —preguntó Sebastián.
—Segura —respondí sin más.
El asintió y entró a su oficina.
A las 8:32 volvió a salir de su oficina.
—Chloe —dijo sin preámbulos—. Trae el pendrive y el informe de ventas actualizado. La reunión con el equipo de marketing es en quince minutos y todavía no tengo los números finales del Q1.
Me levanté, saqué el pendrive del bolso, imprimí el informe que había descargado de la nube esa misma mañana y entré en su oficina. Él ya estaba sentado, revisando correos con el ceño fruncido.
—Aquí tienes —dije, dejando todo sobre su escritorio.
Lo tomó sin levantar la vista.
—Bien. Siéntate. Necesito que me expliques por qué el porcentaje de conversión en la campaña de LinkedIn bajó tres puntos. Y quiero que prepares el slide 14 de nuevo, el gráfico de proyecciones está mal etiquetado.
Asentí y me senté frente a él, abriendo mi portátil. Durante los siguientes cuarenta minutos hablamos solo de números, plazos, correcciones. Como antes del accidente. Como si nunca hubiéramos compartido una cama, una cena con mis padres, una mentira que casi nos descubren.

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