Entrar Via

La esposa de Blackwood romance Capítulo 50

El resto de la mañana pasó en un borrón de correos, llamadas y correcciones. Cada vez que alguien entraba a la oficina de Sebastián y me veía sentada en mi puesto, la reacción era la misma: una sonrisa aliviada, un “¡menos mal que volviste!” o un “la oficina era un caos sin ti”. Yo respondía con sonrisas corteses y frases hechas: “Ya estoy aquí”, “Todo bajo control”, “Gracias, estoy bien”. Nadie preguntaba por el accidente más allá de un “¿qué te pasó en el cuello?” que contestaba con un “un golpe tonto en el coche, nada grave”.

A las diez y media entregué el paquete completo para la junta directiva. Sebastián lo revisó en silencio, marcó tres correcciones con bolígrafo rojo y me lo devolvió sin una palabra de agradecimiento. Solo un “corrige y reenvía antes de las once”. Como siempre.

A la una del mediodía, cuando la junta terminó, salió de su oficina, caminó a mi cubículo dejó una carpeta sobre mi escritorio.

—Necesito que prepares la propuesta para el nuevo cliente de Dubai. La reunión es el viernes. Quiero el borrador mañana por la mañana.

Asentí sin levantar la vista del monitor.

—Entendido.

Se quedó ahí un segundo más de lo necesario. Lo sentí mirándome.

—¿Almorzaste algo? —preguntó de repente.

Levanté la cabeza. Era la primera pregunta personal en todo el día.

—No todavía. Iba a pedir algo rápido.

Sebastián frunció el ceño.

—No pidas basura. Hay un restaurante decente a dos calles. Pide lo que quieras y ponlo a mi cuenta. Y come aquí, en la oficina. No quiero que salgas sola con el cuello así.

Abrí la boca para protestar, porque odiaba que me tratara como a una inválida, pero él ya se estaba dando la vuelta.

—Es una sugerencia —dijo antes de entrar a su despacho—. No una orden.

Cerró la puerta de cristal. Pero no con fuerza. Solo un clic suave.

Me quedé mirando la carpeta que había dejado. Dentro estaba la solicitud del cliente, requisitos, plazos, presupuesto. Todo escrito con su letra precisa y angular. Al final de la primera página había una nota manuscrita, casi ilegible, “Prioridad alta. No te mates por esto si no te sientes al 100%”.

Me quedé mirando esas palabras un rato largo. Era lo más cercano a una disculpa que había recibido de él en tres años trabajando juntos.

Pedí una ensalada. Comí en mi escritorio mientras revisaba el borrador inicial de la propuesta. Cada tanto levantaba la vista y lo veía a través del cristal, hablando por teléfono, tecleando furiosamente, pasándose la mano por el pelo cuando algo no le cuadraba. Parecía agotado. Las ojeras que me había señalado a mí estaban también en él, más marcadas bajo la luz fría de la oficina.

A las seis de la tarde, cuando la mayoría ya se había ido, salió de su despacho con la chaqueta colgada del brazo.

—Vámonos —dijo simplemente.

Recogí mis cosas en silencio. Bajamos juntos en el ascensor. Nadie más. Solo nosotros dos y el zumbido del motor.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa de Blackwood