Sebastián pisó el freno con fuerza. El coche se detuvo en seco a unos metros de la rampa del estacionamiento subterráneo. Su mandíbula se tensó tanto que vi cómo los músculos de su cuello se marcaban bajo la piel.
—¿Qué demonios…? —murmuró entre dientes.
Yo me quedé paralizada. Ninguno de los dos entendía nada.
Los periodistas rodearon el coche. Algunos golpeaban los cristales con los nudillos, otros intentaban abrir las puertas. Uno incluso se subió al capó para tomar una foto desde arriba. Sebastián soltó un juramento bajo y puso la marcha atrás, pero ya era tarde: la multitud bloqueaba la calle.
De pronto, dos guardias de seguridad del edificio salieron corriendo desde la entrada principal. Uno de ellos, un tipo enorme que siempre estaba en la recepción, empujó a los periodistas con los brazos extendidos mientras gritaba “¡Atrás! ¡Dejen pasar al señor Blackwood!”. El otro se colocó delante del coche y abrió paso con gestos autoritarios. Sebastián aprovechó el hueco, aceleró despacio y bajó la rampa hacia el estacionamiento subterráneo.
Las puertas automáticas se cerraron detrás de nosotros con un golpe metálico. El ruido de la calle quedó amortiguado de golpe. Solo se oía nuestra respiración agitada y el zumbido del motor.
Sebastián apagó el coche y se quedó con las manos apretadas al volante, mirando al frente.
—Esto no puede estar pasando —dijo en voz baja, casi para sí mismo.
Yo tampoco podía procesarlo. Mi corazón latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.
Subimos en el ascensor privado que iba directo al piso 45. Nadie más entró. Cuando las puertas se abrieron, el open space estaba en silencio sepulcral. Todas las cabezas se giraron hacia nosotros al unísono. Algunos tenían el móvil en la mano, otros murmuraban entre sí. Vi a Laura, la de marketing, con los ojos muy abiertos. Vi al chico nuevo de finanzas tapándose la boca para no reír. Vi a Recursos Humanos mirando con preocupación.
Y entonces lo entendí que se había filtrado lo de nuestro matrimonio.
Nuestro matrimonio secreto ya no era secreto.
Sebastián me miró un segundo. Sus ojos eran puro hielo.
—A mi oficina. Ahora —dijo entre dientes.
Caminé detrás de él con las piernas temblorosas. Cerró la puerta de cristal con un golpe seco y bajó las persianas automáticas con un botón. El despacho quedó aislado del resto del piso.
Se giró hacia mí con una furia contenida que nunca le había visto.
—¿A quién se lo dijiste? —preguntó, voz baja pero afilada como un cuchillo.
—¿Qué?
—¿A quién le contaste que nos casamos, Chloe? —repitió, alzando la voz—. Porque alguien lo sabe. Alguien lo dijo. Y ahora está en todos los malditos portales de noticias. ¿Fuiste tú?
Me quedé helada.
—A nadie —respondí, y mi voz salió más fuerte de lo que esperaba—. A nadie, Sebastián. Ni siquiera a mi roommate. Sigo pagando la mitad del alquiler de mi apartamento anterior para que no sospeche nada. Le dije que estaba en una misión de trabajo larga, que me habían mandado a otra ciudad. Nadie sabe. Nadie.
Él me miró fijamente, respirando agitado.
—Entonces explícame cómo carajo salió esto a la luz —gruñó—. Porque no fue magia.
Antes de que pudiera responder, su móvil empezó a vibrar sobre el escritorio. El nombre en la pantalla: Lily.

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